viernes, 21 de junio de 2013


Calavera Diablo, Poe, Corazón Delator
Calavera Diablo

¡Ja! ¿Listos? ¿Los que salen en la tele? Y una mierda: listo, yo. No acabé la escuela, es lo que hay. Y no trabajo con traje, ni tengo un pedazo de coche, ni una casa que te cagas, ahí, de dos plantas y jardín, con lo que le habría gustado a mi madre. Está lo de los perreques, vale: se me cruzan los cables y me pongo nervioso de la ostia. Eso sí. Y lo de los terrores nocturnos, que dice el médico que lo tengo que mirar. Pero ¿loco? Lo de loco es pasarse, colegas. Eso sí,  listo soy un rato. Y si no, que se lo pregunten al viejo.

A ver, que era un buen tío… para ser viejo. A mí me caía bien, le quería ¡Qué coño! No me hizo nunca nada malo, que ya es decir. Y a mí su dinero no me importaba. Ni idea de por qué me dio por ahí, en serio. No me hagáis mucho caso, pero igual fue por el ojo. Tenía un ojo chungo… Pero muy chungo; así, azul clarito, recubierto con una telilla blanca. Un asco de ojo. Era mirarme con el ojo ese y, os lo juro, se me helaba la sangre, me quedaba en el sitio. Hasta que se me ocurrió: si me libro del viejo, me libro del ojo ¿Soy listo o no soy listo?

Pues la cosa no acaba aquí. Yo os lo cuento y ahora me decís si estoy loco. Lo vais a flipar, pero mucho. A ver si los locos se montan planes así: para empezar, fui súper previsor y me porté con el viejo mejor que si fuera mi abuelo. Le hice la pelota, pero bien. Luego, todas las noches, a las doce en punto, abría la puerta de su habitación. Giraba la manilla con mucho cuidado, para que no hiciera ruido y, cuando la apertura era lo bastante grande, metía uno farol de esos del Ikea, de los que son bien grandes, pero tapado con un paño negro, para que no pasara la luz. ¿Qué por qué? Porque el botón de las linternas hace click, listos, que sois unos listos. Bueno, da igual. La cosa es que detrás del farol metía la cabeza. Pero no así, de repente, a lo bestia. Me movía tan despacio que me llevaba una hora entera meterla ¡Una hora, colegas! A ver ¿Qué loco se habría tomado tantas molestias? ¿Eh? ¿Qué loco habría tenido tanto tiento? ¡Ninguno!

Pues con la cabeza y el farol dentro, levantaba el paño negro y echaba un vistazo. Los primeros días el ojo estaba cerrado y yo con el ojo cerrado no quería matar al viejo. El mal rollo era con el ojo de los huevos. Así que me tomaba otra hora para salir de la habitación y, ya por la mañana, volvía y le despertaba. Como siempre. Como si nada. Así que el hombre no se coscó de nada.

La octava noche empezó como todas. Ni os imagináis lo que se siente con todo ese poder. Una auténtica pasada, saber que tienes los sentidos súper agudizados, en plan Lobezno, y que te mueves como Batma. No tiene precio. Lo que no sé es lo que pasó después. O sí: que soy un tío. Que soy humano, vaya; de carne y hueso. Y me vino una tos de mierda. La retuve, ahí, como pude, pero el viejo la oyó. Normal.

— ¿Quién anda ahí? —preguntó. Que yo me quedé pensando que sí, claro, que enseguida se lo decía. Con lo que me había costado llegar hasta ahí. Menos mal que el tío tenía tanto miedo de los ladrones que bajaba las persianas a saco y la casa estaba más oscura que el infierno. No me vio. Contuve la respiración y no moví ni un músculo, lo juro. Nada. En más de una hora.
Ya creí que el viejo se había dormido cuando oí una especie de quejido que venía de la cama. Tenía miedo, el carcamal. Me dio un poco de pena, porque yo sé lo que se siente. Por lo de los terrores: estás ahí tumbado, en medio de la oscuridad y te crees que alrededor hay cosas raras, pero raras como las de las pelis o peor. Intentas convencerte de que es el ruido de la calefacción o la casa que cruje, pero ni de coña te lo crees. Se pasa mal, colegas. Se pasa muy mal. Pero se pasa, así que me esperé todo lo que pude. Hasta que ya me dolían las piernas y parecía que se me iba a caer el brazo de tanto sostener el farol, que ya los podían hacer de plástico en vez de hierro, joder con la ecología. El viejo no terminaba de dormirse y yo tengo los perreques esos que no me controlo. Así que, para que no me diera uno, de la tensión, levanté un poco la tela que tapaba el farol. No os lo vais a creer: esa noche estaba tan sobrao que justo salió un rayo de luz que le daba en el ojo. Lo único que se veía era el color ese celeste y la cosa blanca por encima ¡Qué asco!

Pues con asco y todo, en ese mismo momento oí un sonido extraño. Con la casa vacía, a oscuras y todo lo demás, no me costó identificarlo; ya os he dicho que soy un tío nervioso, no un loco: era el corazón del viejo. Latía fuerte, por el miedo. Latía la ostia de fuerte. Y cada vez más. Al principio me quedé en blanco, más tieso que una vela. Pero el corazón latía tan alto que ya no oía ni el mío. Y entonces lo pensé: Los vecinos, colega. Algún vecino podía oír el latido ese y buscarme un problema.

El viejo gimió una vez, no tuvo tiempo de más. En un plis le tiré al suelo y le eché el colchón encima. Ya sé que he dicho que me caía bien. Y me caía, pero reconozco que me gustó la experiencia. ¿A quién no le gusta comprobar que tiene razón? Ya os lo he dicho: soy listo. Tan listo como para matar a un viejo en su cama y que no sepa que le he matado yo. Lo único que me tenía un poco mosqueado era que el corazón, después de que el viejo ni respirase ni nada, aún siguió latiendo durante unos minutos. A ver, tampoco es que eso me preocupase mucho, porque era una cosa flojilla que nadie podría oír más que yo. Pero bueno, allí estaba.  De todas maneras, cuando le di la vuelta al colchón, examiné el cadáver. Lo he visto en la tele un millón de veces. Le tomé el pulso y allí no se  movía nada. Acerqué la oreja al pecho y tampoco. Un marrón menos: a tomar por culo el ojo.

Que sí, que ya sé que parece que se me va un poco la olla, pero no estoy loco. Os lo demuestro ya mismo. Los locos no se toman la molestia de ocultar el cadáver como lo hice yo: lo primero, descuartizarlo. Con mucho cuidado de no ensuciar nada. Porque sin cuerpo no hay delito ¿no? La tele enseña mucho, ya lo he dicho antes. Si hubiera tele en las escuelas lo mismo habría terminado yo la primaria.  Luego, con el cuerpo en trozos, levanté unas planchas del parqué del salón y lo metí debajo ¿Cómo se os queda el cuerpo? Claro, que como lo hice con todo el cuidado, me dieron las cuatro de la mañana.

Acababa de terminar con todo cuando sonó el timbre. Yo me fui a abrir, tan tranquilo. Allí no había nada que temer, así que recibí a la madera con mucha educación.   Vamos, hasta les dejé entrar en la casa del viejo sin orden ni nada.

— Un vecino ha alertado de un alarido en esta casa.

— Sí, he sido yo. Tengo pesadillas. Siento haber molestado ¿Quieren pasar? El señor no está, se ha ido al campo. Pero no le importará que investiguen. Pasen, por favor.

Les hice la visita completa y hasta les ofrecí un café. A esas horas, los agentes aceptaron. Un poco raro, creo, pero me vino bien. No iba yo a fardar conmigo mismo, en el espejo, a lo Robert De Niro. Vamos, que coloqué mi silla justo encima de donde había escondido el cuerpo, no os digo más.  Allí estuvimos, charlando de unas cosas y otras, que si me ve mi madre no se lo cree. Pero, de pronto, empecé a sentir una especia de zumbido en un oído. Una cosa desagradable de cagarse. Intenté hacer tapón con un dedo, pero no se iba. Entonces me di cuenta de que el sonido no venía de mis oídos. Y además, aumentaba. Sonaba como un reloj de esos viejos, de cuerda, pero como si estuviera envuelto, o algo. Me puse nervioso. Veía venir un perreque en toda regla. Por lo menos, los maderos no lo habían oído. Para que siguiera la cosa como estaba, me puse a discutirlo todo a voz en grito, me levantaba, gesticulaba… Lo que hiciera falta. Me hice el cabreado, pataleé, arrastré la silla por el suelo. Y los tres allí, plantados con el uniforme, mirándome como si estuviera loco… Entonces lo pillé ¿No os he dicho que soy muy listo? No era que no lo oyeran, no. Es que estaban disimulando los tres cabrones. ¿Cómo no lo iban a oír, si sonaba por toda la puta casa?

Me estaban tomando el pelo. Se burlaban. Y yo puedo con todo, pero que se rían de mí y en mi cara, colega, no. Hipócritas de mierda. Me miraban con un cinismo… Y el sonido, el tic - tac ese, el latido de los cojones cada vez más alto. De verdad que lo hubiera soportado. Todo, todo menos las sonrisitas burlonas de los maderos. Eso fue lo que me desató. Me terminó de dar el peor perreque de la puta historia y confesé:

- ¡Está aquí, hijos de puta! ¡Lo he matado yo! ¿Qué pasa? Aquí, debajo del parqué ¡Cabrones!

Mono escritor, Max Knows How, Alicia Pérez Gil
MAX KNOWS HOW RECOMIENDA:

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No dejéis de seguir los instintos de vuestro propio corazón:



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jueves, 20 de junio de 2013



Ilustración digital diseño gráfico
Gustavo Raga Pascual

El tiempo pasó, las estaciones se convirtieron en años y las tierras del duque se fueron tiñendo de tonos cada vez más lóbregos, hasta que fueron un melancólico reflejo del esplendor que habían vivido tiempo atrás. Tras la muerte de su segundo hijo, Jackes Pierre se entregó con furioso frenesí a la investigación de todo cuanto había ocurrido. Viajo e indagó, leyó y estudió, hasta encontrar una pista sobre alguien que había llevado a cabo un sacrilegio parecido al suyo. Irónicamente, se trataba de un hombre que vivía no muy lejos de allí, en un pequeño pueblo afincado en las costas de Normandía. Montó en uno de los pocos caballos que quedaban en el castillo, y viajó hasta allí en busca de unas respuesta que, en el fondo, tenía miedo de encontrar. El día de su llegada a las tierras normandas había un fuerte viento del Norte, que arrastraba un frío aullido desde el mar. Los lugareños le indicaron el paradero de quién buscaba y pronto encontró una cabaña junto al acantilado, donde vivía el personaje al que tanto había buscado. La vivienda –si se la podía llamar así-, era poco más que un refugio de madera y barro, con una pequeña chimenea sobresaliendo del recubrimiento de paja colocado sobre el tejado. El alquimista llamó a la puerta, y esperó hasta que un anciano delgaducho y cubierto con varias mantas, infestadas de pulgas, le abriese. Jackes Pierre se sobresaltó al verle la cara al viejo, tras aquellas terribles facciones podía intuirse una enorme maldad; mirándole a los ojos, le invadió la certeza de que aquel hombre era capaz de las mayores atrocidades. Para su sorpresa, el viejo soltó una seca carcajada nada más verlo.

            -¡Tú! –y empezó a reír, poseído por el delirio.
            -¿Me conoce? –preguntó Jackes Pierre, sobrecogido.
            -Claro que sí. –contestó el anciano- A ti, y a todos los que también cometieron nuestro mismo pecado. Lo puedo ver en tu mirada como si leyese en un libro, la gente como nosotros tenemos unos ojos… diferentes a los del resto. Los demás no han visto al Diablo cara a cara.
            -¿Qué quieres decir? Yo no he visto al Diablo. –Jackes Pierre comenzaba a ponerse nervioso, a su mente no paraba de acudir el destello de una puerta abriéndose sobre el dibujo con tiza que había trazado en su estudio, años atrás. ¿Se referiría a aquello? Aunque siempre había tratado de negárselo, sabía que vio una oscura silueta emergiendo del círculo de invocación.
            -¡Ya sabes lo que quiero decir! Tú pediste algo abriendo la puerta… y el Diablo te lo concedió.
            -Sí, pero el Diablo no me entregó nada.
            -Sí que lo hizo. ¿Qué fue lo que pediste?
Silencio.
Jackes Pierre sentía como se le aflojaba el esfínter, al tiempo que una debilidad desconocida le invadía las piernas. Tenía miedo, mejor dicho, pavor. No quería hablar a aquel demente sobre Margot, no quería escuchar lo que este le tenía que decir de ella; serían mentiras, estaba seguro. Todo serían mentiras. Finalmente, el mismo impulso que le había llevado hasta aquella escarpada costa, se hizo dueño de su boca y contestó.
-Pedí por la vida de mi esposa. Estaba moribunda… y yo la salvé. –el anciano lo miró profundamente, después acomodó las mantas que envolvían su cuerpo y dijo:
-No la salvaste, muchacho, nunca llegaste a hacerlo. Tu esposa camina ahora por un valle de sombras…
-No… no te creo. Estás loco, maldito viejo.
-Sí, es posible, -contestó el anciano con indiferencia- pero pronto tú también lo estarás. Solo una pregunta más. ¿Tuvisteis hijos tras la invocación?
-Sí, dos, pero ellos...
-Murieron, ¿verdad?. Te recomiendo que exhumes sus pequeños cuerpos. Hazlo y, solo así, serás capaz de comprender la verdad. -y volvió al interior de la cabaña, dejando a Jackes Pierre en la puerta, atemorizado y muerto de frío.
El camino de vuelta se hizo interminable, cuando faltaba muy poco para llegar al castillo del duque, decidió acampar. Quería llegar por la noche a las tierras de su amigo, con el fin de desenterrar los cadáveres de los recién nacidos antes de volver con su esposa. No sabía qué encontraría en sus pequeñas tumbas pero, de una manera u otra, pondría fin a aquella locura. Calló la noche y el alquimista se internó en el cementerio, portando una pala y dos antorchas con las que iluminarse. Tras unos pocos minutos llegó al lugar donde yacían sus hijos, clavó ambas antorchas en el suelo y comenzó a cavar. La tierra estaba húmeda, así que en poco tiempo llegó hasta el pequeño ataúd del que debía haber sido su primogénito. Lo abrió, limpió la tela que lo cubría y, con manos temblorosas, la desenvolvió.
Y el mundo se detuvo.
Lo que tenía entre sus manos no eran los huesos de un bebé, al menos no de un bebé humano; se trataba de los restos de un animal deforme, un monstruo repulsivo que había salido del vientre de su querida Margot. Dejó caer los huesos y se echó las manos a la cara, ahora lo comprendía todo; ahora entendía que hay fuerzas que el ser humano no puede soñar comprender; que hay seres más allá de nuestra realidad que acechan nuestros movimientos, a la espera de un error; y que sus esfuerzos para salvar la vida de su amada habían sido en vano. De pronto, se escuchó un ruido a su espalda y algo cayó con fuerza sobre su cabeza, sumiéndolo en un profundo sopor.  
Cuando el mundo volvió a tomar forma ante él, vio a Margot cavando un agujero junto a la tumba que él mismo había exhumado unas horas antes. Cuando vio que volvía en sí, la mujer –con la ropa desgarrada y llena de sangre en algunos lugares- le miró con una expresión totalmente distinta a la que Jackes Pierre conocía, incluso sus ojos eran radicalmente distintos. Era una total desconocida para él.
-Por fin, mi querido esposo se ha despertado. ¿Qué tal tu viaje, ha sido productivo? Por lo que veo, parece que sí. Has estado a punto de echarlo todo a perder, pero esta noche he tenido un golpe de suerte que me ha salvado. Venía a enterrar otro… inconveniente… y te he visto aquí, junto a las tumbas de nuestros hijos.

-Esos no son mis hijos, son monstruos… cómo tú.

-Eso es más cierto de lo que imaginas. Ninguno de mis retoños lo concebí gracias a ti, ya que eres más estéril que una piedra… eso me ha facilitado mucho las cosas, la verdad sea dicha. El primero, era hijo de nuestro querido amigo Dagón… sí, nuestro amigo Dagón, que lloró tanto como tú al ver muerto al recién nacido y que ahora ha pasado a mejor vida–e hizo una burla de la señal de la cruz, mientras decía estas palabras-, estaba empezando a convertirse en un estorbo…  y el otro es de uno de los monjes, no sé cual, que vinieron para purgar el castillo. Viejos viciosos… estaban deseando que los sedujese, casi ninguno opuso resistencia a mis encantos. En fin… he vivido tiempos muy felices aquí, pero debo marchar, esposo mío, espero que lo entiendas.

-¿Qué has hecho con Dagón? ¿Dónde está? –la información trataba de agolparse sin éxito en su cerebro.

-Con Dagón he hecho de todo, si es a eso a lo que te refieres. -la expresión de la mujer era despreocupada, se expresaba con un desenfado casi doloroso para el alquimista, en aquellos ojos no había ningún rastro de emoción. Cavaba mientras hablaba, como si aquello fuese un desgraciado incidente y lo que estaba haciendo no tuviese nada de personal. Es lo que hay, decían sus gestos, no quería que esto terminase así.

-Dios mío… tú… ¿quién eres?

-¿Yo? Yo tan solo soy un reflejo de vosotros, los humanos, de vuestros miedos y maldades… para ser más exactos, de uno de tus miedos. Yo nací en el mismo momento en el que te lanzabas con furia al estudio de los pergaminos que, esperabas, salvasen a tu esposa. Y mientras pronunciabas aquellas palabras tan deliciosamente prohibidas, yo aparecí en la existencia, con todo lo que tú subconsciente deseaba que fuese tu mujer. Eres inteligente, debiste de notar los pequeños detalles que habían cambiado, pero no querías verlos… deseabas que Margot fuese más inteligente, que se interesase por tus trabajos, que tuviera más carácter y que calentase tu alcoba con pasión… tu mujer no era la que esperabas en todos esto, era demasiado… correcta. Carecía de pasión. En el fondo, fui mejor que ella en casi todo. Pero ahora todo debe acabar, te enterraré y partiré antes de que la gente del castillo note la ausencia del duque.

Margot se acercó a Jackes Pîerre y besó sus labios con dolorosa ternura, luego alzo la pala sobre su cabeza y dijo:

-Lo siento, amor mío, te prometo que fui muy feliz a tu lado. Las cosas que hice, las hice porque estaban en mi naturaleza, podría haber vivido contigo hasta tu muerte, pero la vida es así. Gracias por todo, padre.  


            A la semana siguiente, mientras buscaban al duque, descubrieron una nueva tumba junto a la de los hijos del Jackes Pierre. En ella, había una pequeña cruz donde se podía leer el nombre del alquimista. Poco a poco, la comarca fue cobrando la normalidad y las tierras volvieron a florecer como antaño; pero hay quién dice que, una vez cada muchos años, aprovechando las noches de tormenta, el Diablo, que aun habita en el cuerpo de Margot, visita el castillo abandonado y la tumba de su primer marido y deja sobre su tumba un ramo de flores blancas, mientras el espíritu de él aúlla de dolor. 

Guardianes de Tierra SAnta
Ximo Soler
Ilustración, diseño gráfico
Gustavo Raga Pascual

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viernes, 14 de junio de 2013


Annabel Lee por CalaveraDiablo


Su familia la enterró aquí, cerca de la arena. Quizá para que la meciera el sonido constante de las olas. Pensaron que me iría, imagino, porque éramos muy jóvenes y este un pueblo minúsculo que no ofrecía nada. Sin embargo nos amábamos. Y estaba el mar.

Ella no pensaba más que en quererme y lo mismo hacía yo. En nada más, ni en Dios. Ese debió de ser nuestro pecado, por eso envió a sus ángeles, a sus arcángeles, a toda la corte celestial. Parece que les veo: baten las alas, sus corazones helados enfrían el viento que llega al pecho de Anabel, que la congela, la detiene, me arranca de la vida y me ata al mar.

Porque se equivocaron si pensaban que me iría: me he quedado. Yerran quienes creen que el amor es adulto como los hombres. El amor es eterno, como el mar.


Así que descanso mis huesos junto a los suyos cada noche, la veo cuando miro las estrellas, la sueño si contemplo la luna pálida; dibujo su nombre en la hierba muerta bajo mi peso de tantos años, con dedos de esqueleto que serán como sus dedos de cadáver. Y oigo su voz en el susurro del mar.




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Max Knows How
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Llevad el amor eterno como una segunda piel. Haced



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jueves, 13 de junio de 2013


Gustavo Raga

Los días pasaron y una sombra se extendió sobre la primavera de Bretaña, de tal manera que el periodo estival, en lugar de presentarse cálido y lleno de vida, fue bochornoso y angustiante; los marjales se llenaron de mosquitos infecciosos y una extraña enfermedad se apoderó de los rebaños. El verano pasó y llegó el otoño, la cosecha se presentaba lo suficientemente buena como para paliar el hambre producida por la muerte del ganado, pero una repentina semana de intensas granizadas acabó con todos los frutos que la tierra había producido tanto para hombres como para bestias. Tal fue la turbación que se produjo, que las buenas gentes de la zona solo pudieron llegar a una conclusión sobre el origen de tantas calamidades: De alguna manera, la tierra estaba maldita. Presionaron al duque para que hiciese algo, con el fin de eliminar el ambiente ponzoñoso que se había instalado entre ellos. Al final, Dagón accedió y envió una carta de súplica al obispo para que este les ayudaba; este, en respuesta, les envió una comitiva de seis monjes inquisidores que habrían de purgar todo rastro de blasfemia, herejía y harían huir al maligno en caso de hallarlo. Llegaron a las pocas semanas, montados en asnos bajo una intensa lluvia, el duque les preparó alcobas calientes y una cena digna del mejor de los señores; la charla fue animada, si bien algo tensa, ya que había llegado a oídos de los inquisidores la afición del noble por artes de moral dudosa y señalaban con malicia que, tal vez, los problemas de aquellas tierras se debiesen a las malas prácticas de sus señor. Dagón, previendo esto, había pedido a sus sabios que se ausentasen por una noche de las salas principales, queriendo evitar malentendidos con los recién llegados. Por su parte, Jackes Pierre se encerró en su pequeño laboratorio mientras repasaba los manuscritos que había utilizado la noche en que devolvió a la vida a su querida Margot. Trabajó hasta tarde pero, poco a poco -mientras la llama que bailoteaba en las velas de sebo titilaba hasta apagarse-, el alquimista se quedó dormido con profundidad.

            A la mañana siguiente, el sol entró con intensidad a través de la estrecha ventana de la torre iluminando el rostro de Jackes Pierre, hasta que se despertó. Cuando este se incorporó lo primero que sintió fue un punzante dolor de cabeza, como si la noche anterior hubiese bebido más de la cuenta y ahora pagase las consecuencias. A los lejos, se podía escuchar el sonido de una muchedumbre fuera de la fortaleza y gran cantidad de pisadas que subían y bajaban por doquier. De pronto alguien llamó a la puerta del laboratorio, era una llamada rápida e insistente; en seguida supo, fruto del profundo conocimiento que tenía de su esposa, que era Margot quién estaba al otro lado. Se apresuró a abrir la pesada lámina de madera y hierro y la joven se lanzó a su cuello presa del llanto.

            -¿Qué ocurre mi amor? –preguntó él, asustado.

            -Los monjes… -dijo ella entre sollozos entrecortados- están muertos… qué Dios nos proteja…

            Jackes Pierre se lanzó escaleras abajo, sosteniendo a su mujer por el brazo, en dirección a los aposentos que habían ocupado los visitantes. Allí encontró a Dagón, totalmente descompuesto, paralizado por el terror frente a la entrada de una de las alcobas que había puesto a disposición de los inquisidores. Repetía con insistencia una especie de perorata de la que, de vez en cuando, podía entenderse algunas pequeñas frases.

            -Por mis pecados… el Diablo nos ha maldecido a todos… pagaremos todos por mis pecados…


            Cuando el alquimista tocó el hombro de su amigo, este dio un respingo que le hizo saltar hacia un lado, mientras miraba a Jackes Pierre y a Margot con pánico. Acto seguido dio un terrible alarido y huyó de allí, totalmente enloquecido. En ese momento, Jackes Pierre miró lo que había estado contemplando el duque con tanta fijeza. Allí, sobre el destrozado lecho de plumas, yacían –descuartizados- los seis monjes junto a cuatro muchachas que también presentaban heridas parecidas a las de ellos. La sangre manchaba las paredes, el techo y había trozos de vísceras y músculo pegados aquí y allá, como si una fiera antropófaga hubiese estado esparciendo deliberadamente aquellos cuerpos por el interior de la estancia. La noticia corría como la pólvora por toda la comarca: Por los corredores del castillo del duque, el Diablo campaba a sus anchas. Muchas fueron las habladurías que se dispersaron siguiendo a los cuatro vientos, unas decían que los monjes habían sucumbido a la tentación, y habían participado en una orgía con el mismísimo Satanás; otros, que había sido el duque quién, para evitar que descubriesen sus pactos con el maligno, los había matado; aunque también había quién aseguraba que de lo único que era culpable el noble, era de adorar a dioses paganos y a los espíritus que campaban por aquel entonces en los bosques de Bretaña… Lo cierto es que, tras aquello, gran parte de la población huyó para asentarse en los señoríos colindantes, aterrados porque sus familias sufriesen las consecuencias de las blasfemias de Dagón. El duque endemoniado, llegaron a llamarlo en secreto; pero, aunque parecía ausente, él se enteraba de todos estos chismes y cada vez se fue encerrando más en su propia cámara. Hasta que, un día, tan solo permitió que le viesen el alquimista y su mujer. Jackes Pierre, apoyado por Margot, decidió quedarse junto a su amigo, en aquellos tiempos tan difíciles, mientras los demás huían poco a poco del lugar. Sin embargo, también se propuso investigar qué era lo que ocurría allí en realidad, pues temía que todo aquello fuese consecuencia de la invocación que llevó a cabo cuando su mujer estaba moribunda. ¿Qué secretos insondables podía haber corrompido con su precipitada acción, durante aquella tenebrosa noche? Sin embargo, pronto tuvo otras cosas de las que preocuparse, en aquellas fechas su mujer quedó encinta, algo que alegro mucho a la pareja y les hizo sentir un destello de esperanza en un panorama tan terrible. Lamentablemente, ocho meses después, Margot sufrió de nuevo otro aborto y perdieron también a esta criatura. Jackes Pierre estaba destrozado, cuando recibió el bulto envuelto en trapos que debía haber sido su hijo, no pudo menos que preguntarse si aquel era otro de los precios que debía pagar por su pecado. De pronto, las palabras que Dagón había pronunciado hacía casi un año volvieron a su mente: Pagaremos todos por mis pecados… 
Ximo Soler


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viernes, 7 de junio de 2013


Ilustración de Gustavo Raga Pascual

El fuego se consume en brasas y, mientras pongo en orden algunos papeles que escribí en mi juventud, recuerdo mis andanzas por las amplias tierras de Europa; en estos viajes –dejando atrás mi Valencia natal- tuve la oportunidad de conocer costumbres exóticas, vagar por caminos ancestrales y convivir junto a gentes de todos los rincones. Sin saber muy bien como, mis pasos me llevaron hasta los lúgubres parajes de Bretaña. Allí, debido a una intensa tormenta, tuve que guarecerme en el hogar de un leñador que tuvo a bien alimentarme y darme techo, hasta que la tempestad amainase. En la casa vivían el hombre y su esposa, tres niños -que no levantaban más de un metro del suelo- y la anciana madre del cabeza de familia. En un momento dado, tras una frugal cena, la abuela sentó en torno suyo a los infantes y comenzó a relatarles viejos cuentos que habían pasado de generación en generación, ininterrumpidamente. En ello estaba cuando, sobre el sonido de la lluvia y los truenos, pude escuchar unos aullidos sobrecogedores que me helaron una parte olvidada de mis entrañas. Humedecí mis labios, y pregunté si aquel sonido provenía de los escarpados acantilados, ya que sabía que la costa estaba muy cercana a nosotros. La respuesta del hombre me desconcertó, ya que fue escueta y su rostro rebelaba que no era plato de gusto hablar de aquello.

            -No, es el lamento del alquimista maldito.
           
            Como era de suponer, intenté averiguar más cosas sobre aquel siniestro personaje, que parecía atemorizar a todos los presentes con solo nombrarlo. Finalmente, la anciana –mirando con fijeza hacia la oscuridad de más allá de la ventana- me pidió que me sentase junto al hogar para escucharla mejor, y comenzó a relatar esta historia que yo ahora transcribo tal y como la escuché.

            En aquel rincón de la verde Bretaña hubo, hace ya más de dos siglos, un soberbio castillo, que empequeñecía con sus torres las copas de los árboles más grandes de toda la región. Era un lugar próspero, que había heredado de su antiguo señor un importante mercado y una enorme extensión de granjas bajo su protección; la región era apacible y el actual duque, un hombre maduro a quién su padre –que le legó sus tierras no sin pesar- llamaba con desprecio El filósofo. Su nombre era Dagón, en honor a una vieja deidad marítima a la que su padre veneraba en secreto, y tan solo heredó de su progenitor un interés especial por las artes de los pueblos paganos, cuya cultura y misterios aun impregnaban lo más profundo de los bosques circundantes. El duque reunió en torno a su séquito a un nutrido grupo de sabios: astrónomos, astrólogos, médicos, matemáticos, filósofos y un alquimista llamado Jackes Pierre. La amistad entre ambos creció en poco tiempo, hasta tal punto que era difícil ver a uno sin el otro. Se cuenta que los primeros años del gobierno de Dagón fueron felices, y que la gente del lugar medró enormemente, todos respetaban y amaban al señor del castillo y este los cuidaba como si de hijos se tratase. Sin embargo, al cuarto de año de la llegada del alquimista, ambos hombres se enamoraron perdidamente de una joven cortesana hasta tal punto que la amistad entre ambos se vio en peligro. Finalmente, Margot, pues así se llamaba la muchacha, declaró su amor por Jackes Pierre, lo que hizo que Dagón se distanciase durante algún tiempo del joven alquimista. Aunque aquello no duraría mucho pues, algunas semanas después, el duque se presentó ante la feliz pareja y declaró que no quería perder a un “hermano”, menos aun en una disputa como aquella –al corazón no se le puede engañar, dijo- y bendijo el matrimonio que se celebraría días después.

            Todo parecía haber vuelto a su cauce, la pareja vivía en el castillo con todos los honores y los dos amigos seguían investigando los recovecos de la ciencia alquímica. Llegaron a sus manos los viejos manuscritos que el misterioso rey Salomón legó en testamento a su hijo, un documento con el que se podían convocar extrañas fuerzas con la capacidad de manchar el bien con el mal o tornar en luz lo que era oscuro. El duque planeaba encontrar la manera de descifrar aquel antiguo saber y así poder convertir Bretaña en un lugar maldad, un auténtico paraíso terrenal. Pero algo con más poder que toda su magia se deslizó en el viejo castillo y, sorteando guardias, fosos y portones, se coló en el interior de la fortaleza. La peste, que asolaba los campos de Europa, penetró tras las murallas y reclamó para la negra parca a muchos de sus habitantes. Los brebajes de los médicos poco o nada podían hacer para contener la enfermedad y, una mañana, fue Margot quién amaneció sumida en profundas fiebres. Pasaron las horas y tanto Dagón como Jackes Pierre vieron apagarse el aliento de la mujer que amaban. Entonces, el alquimista se levantó y se dirigió hacia la torre donde se encontraba el pequeño laboratorio en el que llevaban a cabo sus investigaciones; extrajo el testamento de Salomón y comenzó a estudiarlo, intentando encontrar algo que le pudiese ayudar a salvar a su esposa. El cielo se oscureció y las antorchas se encendieron por doquier, convirtiendo el castillo en un conjunto de puntos brillantes en medio de la opresiva oscuridad del bosque. Jackes Pierre pasó hora tras hora consultando los astros, observando la posición de los planetas, calentando plantas y metales en pequeñas ampollas y dibujando un círculo arcano, con tiza, sobre el suelo de la estancia.

            A la media noche, en la hora más oscura, Margot suspiró el último aliento mientras Dagón la tomaba de la mano, justo en ese instante Jackes Pierre convocó a las fuerzas prohibidas del cosmos, para someterlas y que salvasen la vida de su esposa. Mucho se ha hablado sobre aquella noche y la mayoría de cosas son habladurías, sin embargo, todos los que estaban en el castillo coincidieron en que una viento gélido penetró por los oscuros corredores de piedra, abriendo las ventanas y apagando las luces, y que tras ese soplo infernal se hizo tal silencio que nadie se atrevió a moverse durante casi un minuto. Tal fue la sensación de terror que les embargó. Pero algo ocurrió, pues en mitad del sepulcral silencio se escuchó un sonido, el del aliento de Margot, que volvía a respirar.


            La peste desapareció de allí en menos de un mes, y ella se restableció con una rapidez que asombró a todos. La vida les volvía a sonreír, incluso Margot quedó embarazada a las pocas semanas, aunque perdió el niño en el parto. Sin embargo, aunque aquella desgracia provocó un profundo dolor a Jackes Pierre, seguía pensando que cualquier mal era pequeño mientras su amada siguiese con vida. Mucho había pensado en la terrible noche en que abrió la puerta al otro lado, fuese cual fuese ese lado, para salvar a su esposa. Recordaba muy poco, tan solo una intensa luz que brotaba del círculo que había dibujado en el suelo y un intenso olor a encierro que le hizo perder el conocimiento casi al instante. Sin embargo, el resultado era patente, Margot vivía y eso, para él, era suficiente. 


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viernes, 15 de marzo de 2013



El último recurso
Alejandro Morales Mariaca



Por lo que se sabe, aquel misterioso objeto llegó a Londres el 13 de junio del año 2000, causando de inmediato una gran sorpresa, la cual pronto se convirtió en asombro cuando de aquel «vehículo» descendió un ser antropoide cubierto de un liquido rojizo. La multitud allí reunida pasó entonces del asombro al horror en el momento en que, sin motivo aparente, aquel ser se abalanzó sobre uno de los curiosos, devorando de un mordisco la mitad de su cuello. Según los informes que se conservan, la criatura fue prontamente ultimada de un certero disparo a la cabeza, realizado por un policía que había llegado al lugar. Todos celebraron aquella buena puntería y tan oportuna intervención, pero absortos como estaban, no se percataron de que el sujeto atacado, y aparentemente muerto, se incorporó y atacó a su vez a otro hombre. Aquello fue el inicio.  

Sea lo que fuese lo que aquella criatura trajo a nuestro mundo, pronto infectó a gran cantidad de personas, las cuales a su vez murieron y propagaron la infección a miles más a base de mordiscos. Todo sucedió tan rápido que no hubo mucho que se pudiera hacer al respecto. Semana tras semana los infectados (zombies, no muertos, llámenlos como quieran) crecieron en número mientras nosotros nos acabábamos. Diez años después la raza humana se aproximaba a su inminente extinción.

Del misterioso objeto y su ocupante no se volvió a saber nunca. Algunos especularon que ambos fueron ocultados por el gobierno británico (cuando aún existía) o que el vehículo, si es que lo era,  regresó a su mundo de origen cuando su piloto fue asesinado. Lo más probable es que ambos fueran destruidos. En cualquier caso, a nadie le importaba ya, los sobrevivientes intentábamos no pensar en el pasado cuando el futuro se nos escapaba de las manos.

Los pocos sobrevivientes nos ocultamos en subterráneos, cuevas y montañas. Las ciudades se consideraban perdidas desde hacía años. Fue en aquellos aciagos días que llegué como refugiado a Londres, o lo que quedaba de ella. Como zona cero de la infección fue fuertemente bombardeada y desinfectada por los militares, la ciudad se perdió en el proceso, pero sus ruinas se convirtieron con los años en el último bastión seguro de la humanidad. Por supuesto que llegar allí no era sencillo, miles murieron en la penosa y peligrosa peregrinación. Yo fui uno de los afortunados que logró abordar el último navío proveniente de América.

Fue en aquellas ruinas donde conocí al viejo Matt, un escoses que lideraba el campamento de refugiados al que fui asignado y con quien no tardé en forjar una fuerte amistad. En aquel entonces no lo sabía, pero Matt trabajaba en algo que cambiaria para siempre las cosas.

Mi amigo resultó ser un gran científico, el antiguo decano de física de la universidad de Oxford. En 2012 y tras una ingente labor, Matt terminó su gran proyecto, la clave para salvar a la humanidad, ¡una máquina del tiempo! No me pregunten cómo es que lo consiguió, yo mismo lo ignoro, únicamente sé que su invención era capaz de viajar libremente a través del flujo del tiempo, más no del espacio, algo relacionado con el principio de indeterminación de Heisenberg. 

La idea era simple, utilizar su invención para viajar al futuro en busca de una cura a la infección, o en ausencia de ella, un lugar al cual escapar de los monstruos caníbales, para lo cual se decidió que saltaríamos diez años en el futuro. No sin dificultades el viaje se realizó el 24 de diciembre de ese año. No los aburriré con los preparativos ni con los detalles técnicos del proceso de nuestra travesía, sólo les diré que cuando todo terminó y la maquina dejó de vibrar, el panel de instrumentos indicaba la fecha hacia la que habíamos saltado, 24-12-2022.  

Matt y yo esperamos a recuperar el equilibrio y descendimos de la maquina, lo que vimos nos dejo sin aliento. Londres seguía en ruinas y más perturbador aún, no había señal alguna de sobrevivientes. Negándonos a aceptar lo evidente recorrimos los túneles del metro y demás refugios sin encontrar nada más que un paramo inerte. Mi viejo amigo fue el primero en decir lo que ambos nos negábamos a aceptar, la humanidad estaba extinta, aquellos monstruos habían triunfado después de todo. Devastados por la visión de aquel mundo muerto rehicimos el camino de vuelta a la máquina del tiempo, con el peso de semejante conocimiento sobre nuestros hombros.

Desgraciadamente nuestra desventura únicamente acaba de comenzar, al doblar la esquina de un túnel nos topamos con un gran grupo de hambrientos no muertos, los cuales se lanzaron a nuestra caza con una ferocidad que nos heló la sangre. No sin grandes problemas logramos salir de los túneles, siempre con las criaturas pisándonos los talones, pero sólo para encontrar a decenas de ellas deambulando alrededor de la maquina. Jugándonos el todo por el todo nos abrimos paso a sangre y fuego, utilizando las escopetas que habíamos traído con nosotros, a través de la turba de cadáveres que intentaban hacer de nosotros su demencial alimento. Agotamos la munición pero logramos llegar a la maquina justo antes de que la ya inmensa horda nos superara. Matt agotado recargó su espalda en el panel de acceso y me hizo pasar velozmente al interior, pero cuando llegó su turno de hacerlo se negó con un sutil movimiento de cabeza, tan sólo se limitó a sonreírme melancólicamente mientras me mostraba su brazo izquierdo, el cual lucia lo que a todas luces era una herida por mordedura. Sin decir palabra manipuló el panel de control sellando por fuera el acceso.

Estaba solo, completamente solo. Era el último ser humano sobre la tierra, saberlo fue tan abrumador que me llevó a tomar una decisión. Me dirigí a los controles de la maquina y digité en el teclado el único destino posible. La computadora emitió un pitido, indicando que las coordenadas temporales habían sido aceptadas, así que me recosté en el asiento de mi amigo desaparecido y esperé a que la maquina hiciera su magia.

Sí, volvería al pasado y daría aviso sobre los horrores que se avecinarían. Advertiría sobre aquel objeto y su maldito ocupante antes de que desataran su maldición sobre el mundo. Tan concentrado estaba en esos pensamientos mesiánicos, que apenas sentí el mordisco en el cuello. De algún modo una de esas cosas había logrado introducirse en la maquina y aprovechando mi descuido clavó sus impuros dientes en mi carne. Venciendo el dolor y haciendo acopio de todas mis fuerzas golpeé a la criatura con el solido cañón de la escopeta, que por suerte aún sostenía, hasta que escuche como su cráneo se partía con un sonido viscoso, de inmediato la presión sobre mi cuello cesó y la sangre comenzó a cubrir mi ropa. Era mi fin.

En estos momentos la maquina viaja a través del entramado del tiempo, espero que no demore más, puedo sentir como la infección poco a poco se apodera de mí. Puedo sentirla corriendo por mis venas, devorando mis órganos, fracturando mi mente. Tengo que advertirles…

Difícil se vuelve pensar… no escribir bien puedo. Todo confuso es, cuerpo arde… números, números aparecen frente mí… 13-06-2000… algo importante con esos números, yo no recordar… puedo.

¡HAMBRE!

Un muro… desaparece a mi izquierda… salir… ¡debo salir!
Afuera hace frio… gente…gente que mira…
…se ven sorprendidos…
se ven… asustados…
se ven sabrosos…

Lex Morales


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viernes, 22 de febrero de 2013








Ilustración de Helena García


LA PUERTA

Las puertas no solo te llevan de una habitación a otra, de un sitio hacia otro si no también, pueden hacerlo, si tú eliges o te eligen ellas a ti, a otros mundos.

La raedura, el ser amorfo, donde reside aquella oscuridad que no deseas contemplar, también tiene ventanas; y a veces, por ellas, se cuela la fetidez que mora en ese mundo. No solo es una fetidez física si no también psíquica. Recordáis esa sensación que tenéis al entrar en un edificio, ese malestar, eso, lo produce la raedura. Y si nosotros podemos sentirla de este lado, porque creéis que los otros no pueden. La bruja piruja, el coco, el hombre del saco, habitantes todos de La Raedura. Ella vive, nace detrás de esa puerta…

Y esa puerta es la que todos nos construimos para encerrar en aquella habitación, todo lo que no queremos saber más de ello.

Imaginad conmigo, dentro de vosotros, una enorme puerta semejante a aquellas de los castillos. De enormes láminas de madera recién cortada, con goznes de plata o clavos de oro. Imaginad que en la habitación que custodia, introducís todo aquello que no queréis saber: cuando os rompieron el corazón por primera vez, el día que se murió aquella persona que amabais mucho o simplemente todo el rencor y odio que no deseáis tener en vuestra vida.

Y llega el momento de olvidarse de esa habitación, pero más aún, olvidaros de la puerta. Sin quererlo, pues así es el ser humano, se olvida hasta de que creamos la puerta. Y ella por supuesto, con el tiempo, después de descuidarla se aja, la madera se comba, se oscurece, pierde todo el color, el dorado se desluce, los goznes se ensucian o por la madera húmeda, empiezan a correr gusanos y el musgo, a invadir todo entre territorios de óxido.

Pero hay algo que no sabemos.

Detrás de esa puerta, en la habitación que hemos olvidado ha nacido algo. Mejor dicho ha venido algo. Todo lo que hemos guardado ahí ha traído a la raedura, pues lo que en esa habitación permanece es su alimento. Y creedme, la sentiréis. Como os corroe por dentro. Va comiéndose aquello que no queréis, pero más aún, ella crecerá y deseará salir. Atravesando esa puerta cada vez más olvidaba y por ende más descuidada. Y cuando lo haga, lo comprobareis. Os sentiréis como si perdierais algo, y al principio no será nada, pero al final cuando la raedura este en este mundo la sentiréis, sintiendo a otras. 

¿Recordáis esas sensaciones de ver por el rabillo del ojo, algo que no está ahí pero si está? Así es como se puede ver a la raedura, porque ella es tanto monstruo como mundo. Una dimensión de caos y muerte. Pero se pueden diferenciar, a veces. La raedura, es el monstruo, la llave para abrir un agujero en nosotros, en nuestra realidad y dejar paso a los zarcillos de La Raedura, un mundo donde el dolor es como el respirar. 

Para ella su permanencia en este mundo es por medio de nuestras emociones, la podréis ver, pero sobre todo sentir, cuando la raedura ha salido de vosotros o de alguien. Cuando esa puerta la ha traspasado y su masa amorfa está en este mundo. Se la puede ver como un televisor mal sintonizado, al principio solo la vemos por el rabillo del ojo pero, mientras aún, sigue consiguiendo poder de nosotros, ella va tomando forma monstruosa: pasa de convertirse en un fantasma, a una sombra desenfocada, con el mal sintonizado todavía, pero va tomando forma de su poseído. Hasta que al final lo fagocita, y se convierte en una sombra malvada de él. Pero antes de completarse, para poder subsistir en este mundo abre una brecha, una vagina en nuestro plano, hacia La Raedura, sé que no lo comprenderíais porque yo aún no lo comprendo es algo que un ser humano sólo puede sentir.

Y todo esto lo sé, me podéis creer o no creer. Pero ahora mismo, mientras termino de escribir esto, la siento como gime en aquel rincón. Anoche mientras dormía ella salió de mí, como un hijo nonato y se ancló en la esquina, rompió mi puerta y ahora desde ahí esa cosa esta chupándome la poca vida que me queda. Me cuesta mover los dedos sobre la dureza de las teclas de la vieja máquina de escribir, mientras pensaba que hacer he sentido como me hablaba tenía mi voz pero estaba distorsionada, ahora sé que también hablan al final, como si miles de insectos se movieran. Creo que si miro a la pared podré ver los zarcillos que salen por la grieta y, no me gusta el mundo que puede haber ahí dentro. Al menos tengo fuerzas y sé que si me pegó un tiro puede que esto acabe. 

No quiero que use mi piel como si fuera su disfraz.

Atentamente: 

Un loco.




William E. Fleming


William E. Fleming A Fucking Writer

Microclimas Parte I La Puerta Tetralogía en Primer Acto

Desde el abismo de mi mente


Y si puede ser la página de autor de Amazon.

Amazon author
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jueves, 14 de febrero de 2013





III
     Nunca antes había reparado en el peso de una voz —¿existía alguna forma para calcular su gramaje? ¿Onza, quintal…? — hasta que, acomodado en el asiento del coche que me llevaba de vuelta al hogar, me rendí ante la poderosa sensación de «no presencia» que imperaba a mi alrededor. El grito había desaparecido para siempre, arrancado de mi persona como un miembro gangrenado al que hubiesen tenido que amputar, pero dejando tras de sí un vacío que se convertía precisamente en la prueba definitiva de su existencia. Observando su ausencia, tan inmensurable como anteriormente lo había sido su presencia, no pude dejar de sonreír. De este modo, con una sensación de ligereza ya olvidada, reposé la cabeza en el asiento y me permití una breve aunque gratificante reflexión, dedicada, como no podía ser de otro modo, al que había sido mi enemigo, ahora derrotado: «Adiós, pájaro de mal agüero, búscate a un casero menos afortunado, que éste tiene aún mucho por lo que reír».

     Horas después me había olvidado de él completamente, abordado por un millar de pensamientos alegres, que iban ganando en fuerza conforme me acercaba a mi destino. ¿Cómo pensar en gritos, con el familiar contorno de la ciudad que me vio nacer recortándose en el horizonte? ¿Cómo cederles el espacio que por derecho natural corresponde al entusiasmo? Cuando viajaba sobre el irregular pavimento de la calle en la que vivía, mi corazón era ya un saco lleno de grillos, que me obligaba a sacar la cabeza por la ventana del carruaje y esforzarme en distinguir las tejas desvencijadas de mi hogar. Finalmente, nada más detenerse el coche, salté raudo hacia la familiar arcada que daba al patio interior y subí las escaleras con una sola idea en mente: abrazar a Regina y compartir con ella las noticias acerca de nuestra nueva situación. Henchido de felicidad me anticipaba a los hechos, imaginando su hermoso rostro, sonriendo orgulloso, al saber que gracias a mis esfuerzos nuestro hijo no conocería los avatares de un techo roto. Merced a la influencia de tales pensamientos, la austeridad que encontré al abrir la puerta me pareció tolerable por primera vez en mucho tiempo. Los muebles desvencijados y las paredes desconchadas por la humedad habían dejado de ser horribles, convirtiéndose sólo en un mal pasajero. Lo único importante era reunirme con ella. Caminé hacia su habitación sin poder reprimir la alegría que me embargaba: «¡Regina! ¡Regina! ¡Ya estoy en casa!». Pero al alcanzar el umbral me detuve en seco. Un adusto caballero salía de ella en ese instante con un maletín de medicina. Al verme inclinó la cabeza en señal de respeto, gesto que oprimió mi corazón de instintiva y terrible anticipación. Sus labios se movieron lentamente, emitiendo unos sonidos que me negué a escuchar —¡hay voces, señores míos, que deberían estar prohibidas!—, y que no hallaron respuesta de los míos. Por todo, le devolví el saludo, casi reflejando indiferencia, y me adentré en la habitación, donde encontré a algunos de nuestros vecinos, murmurando en la penumbra. Giraron sus cabezas hacia mí, pero no dijeron nada. Yo tampoco dije nada. Caminé entre los platos que había repartidos por el suelo, dispuestos como recipientes para el agua de las goteras. Ni siquiera me paré a observar el agujereado techo; bastaba con sentir las corrientes de aire helado que este escupía, para comprobar que su estado  se había deteriorado últimamente. Pero una vez más preferí ignorarlo. Las cosas cambiarían, convertiría hasta el último rincón de aquel mísero lugar en un hogar feliz, que atrajese todas las risas del mundo. Sólo tenía que reunirme con ella. Sólo eso. Me acerqué a los pies de la cama y la observé: alguien había cubierto su cuerpo con una manta, dejando a la vista únicamente un mechón de cabello derramado sobre la almohada. Su quietud me abrumó, así como los contornos de su vientre bajo la manta. Una de las vecinas se me acercó. Era una mujer de edad avanzada que estuvo presente el día de nuestra boda, pero cuyo nombre era incapaz de recordar en aquel instante.

     —Es una pena que no llegase antes —dijo esta, colocando su mano huesuda en mi hombro—. La fiebre no esperó, y sabe Dios que a ella le hubiese gustado tener tiempo de despedirse. Lo siento. Todos lo sentimos.

Rafael Lindem
     Se retiró de nuevo a las sombras, con el resto de la dolorida congregación que comenzaba a abandonar la habitación sin dejar de murmurar. Querían dejarme a solas con mi dolor; con mi miseria. Me sentí desfallecer. Las piernas empezaron a temblarme, sometidas por una fuerza incontrolable que crecía en mi pecho, extendiéndose a cada extremidad; el dolor se abría camino, como la sangre en las venas, como una verdad absoluta. Los ojos se me anegaron de lágrimas, al tiempo que mi garganta se distendía, dando paso a la rabia y al dolor que luchaban salvajemente por salir. Les abrí las puertas, quise vomitarlos, gritar con todas mis fuerzas, pero… no fui capaz; aquel grito ya no me pertenecía.



read more "¿Quién puede quererte? Tercera parte"
 
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