viernes, 21 de diciembre de 2012


Shadow wolf



Esta mañana he recibido un anónimo. Cuando parecía que el fin del mundo se había declarado en mi cabeza, un papel doblado asomaba por debajo de la puerta. Escrito con una caligrafía temblona, en tinta azul, su contenido era este:

21 de Diciembre

Llevo desde las 3:30 despierta. Sí, está siendo una noche extraña. Mezcla de emociones en mi interior. Se acaba el año, se acaba el mundo, se acaban las clases, se acaba la realidad.

No puedo dormir, no puedo estar despierta. Tengo los ojos abarrotados de venas, la presión sanguínea parece estallar, quiero relajarme pero el corazón lleva su ritmo.

Respira, relájate, no pienses... ¡Déjame en paz!

Me duele el estómago y quiero vomitar. No puedo, no tengo nada dentro. Me tomo un café. Me siento peor.

La tensión sigue subiendo, mi corazón ya no aguanta, me levanto...me siento...me vuelvo a levantar...

¿Se acaba? Sí, un fragmento más hecho pedazos; lo siento en el ambiente. Las sonrisas no son iguales. Busco pensamientos positivos  ¿Dónde están? Se ha ido, se ha perdido, se está acabando.

Miro el cielo negro y el viento sur roza mi cara. Está claro: me quedo aquí ¡No! Me da frío, tiemblo, mis brazos se mueven sin sentido. Me fumo un porro, me río ¿Qué más da?

No quiero que se acabe, no puede ser el final, tengo tantas cosas por hacer todavía...

Pero ahí está el reloj va marcando su ritmo; es el metrónomo de la melodía final. Se acerca, no me queda nada. Y me duele.

Intento tomar aire de nuevo  y no puedo. Me lleno de angustia. Quiero llorar.

- Respira, respira.

- No puedo.

- Corre.

- No puedo.

- No te dejes vencer... Ya da igual: tienes un límite y ese no lo has marcado tú.

- Deja de pensar en eso.

- No. Quiero pensar.

- Pero ¡respira!

- ¿Cuándo? 

- Ahora.

- No puedo, sigo pensando, dejo de respirar, ya da igual, ha vencido.

- Mañana ya no estará.

RoseMary
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jueves, 20 de diciembre de 2012



Hablemos de Gilles de Rais, el hombre que inspiró ese cuento en el que la hermana menor de otras dos que no debían de tenerle mucho cariño y por eso, cuando el caballero de pésima fama llegó a casa de su padre con la intención de pedir a una de ellas en matrimonio, se lo encasquetaron a la más pequeña.

En esta historia el hombre se va de casa y deja a cargo de las las llaves de la misma a su flamante nuevas esposa. A cargo de todas las llaves, incluso de una que cierra la puerta de la habitación prohibida. Según sale por la puerta el marido, de espesa y azul cabellera, la mujer coge la llave, abre la puerta y descubre los cuerpos colgados y decapitados de las nueve esposas anteriores a ella. Todas Pandoras, muertas por culpa de su curiosidad (no, no por culpa de un marido sicópata, sino de su curiosidad). El marido vuelve, la mujer llama a sus hermanos, el amrido la acorrala, los hermanos llegan in extremis y ¡Zas! Barbazul decapitado.

Este es el cuento francés que los  Grimm introdujeron en su recopilación inicial y que hubieron de eliminar para que la antología fuese 100% alemana. El gato con botas, al parecer, corrió la misma suerte. Charles Perrault, escogió la vida y obra de Gilles de Rais para inspirar su protagonista. Este caballero, que peleó codo con codo con Juana de Arco y llegó a ser mariscal del rey de Francia, se dedicó hacia el final de sus días a secuestrar nños de entre 6 y 20 años para torturarlos, sodomizarlos, desmembrarlos, beber su sangre y alguna otra cosa que se me escapa. El detalle completo, aquí.
Es una lectura tan interesante como espantosa.

Cuando he visto el doodle enlazado más arriba me he dicho: escribamos un micro relato en el que...
Bueno, este micro - relato:

Barbazul

La novena y última esposa se aseguró de que la habitación quedaba cerrada tras ella. De entre las pestañas azules de su hombre le llegó un destello de lujuria, de maldad, que la clavó en el sitio. Él se lanzó sobre sus ropajes demasiado pesados, le rasgo el corpiño de brocado, le levantó la falda, perdió la mano entre las enaguas y juró cuando no supo abrirse camino hasta la piel. Ella, el cuello rígido, jadeante, le guió con avidez.

- A partir de ahora -susurró-. Yo guardo la llave.

A su espalda, al otro lado de la puerta, sus dos hermanas mayores gritaban, descompuestas, rodeadas por los cadáveres decapitados de las ocho esposas anteriores.


Lo que ocurre es que he encontrado la traducción de una parte de las confesiones de Gilles en su juicio y me han dado mucho más miedo. Y me cuesta admitir esto, pero es cierto que la realidad supera con creces a la ficción...


Yo, Gilles de Rais, confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes —niños y niñas— y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos —aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto— y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados.

Confieso que maté a esos niños y niñas de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura: a algunos les separé la cabeza del cuerpo, utilizando dagas y cuchillos; con otros usé palos y otros instrumentos de azote, dándoles en la cabeza golpes violentos; a otros los até con cuerdas y sogas y los colgué de puertas y vigas hasta que se ahogaron. Confieso que experimenté placer en herirlos y matarlos así. Gozaba en destruir la inocencia y en profanar la virginidad. Sentía un gran deleite al estrangular a niños de corta edad incluso cuando esos niños descubrían los primeros placeres y dolores de su carne inocente.

Contemplaba a aquellos que poseían hermosa cabeza y proporcionados miembros para después abrir sus cuerpos y deleitarme a la vista de sus órganos internos y muy a menudo, cuando los muchachos estaban ya muriendo, me sentaba sobre sus estómagos, y me complacía ver su agonía...

Me gustaba ver correr la sangre, me proporcionaba un gran placer. Recuerdo que desde mi infancia los más grandes placeres me parecían terribles. Es decir, el apocalipsis era lo único que me interesaba. Creí en el infierno antes de poder creer en el cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. En el campo de batalla el hombre nunca desobedece y la tierra toda empapada de sangre es como un inmenso altar en el cual todo lo que tiene vida se inmola interminablemente, hasta la misma muerte de la muerte en sí. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza. He estado viviendo con la muerte desde que me di cuenta de que podía respirar. Mi juego por excelencia es imaginarme muerto y roído por los gusanos.

Yo soy una de esas personas para quienes todo lo que está relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo. (...) Si lo pudiera describir o expresar, probablemente no habría pecado nunca. Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla.


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miércoles, 19 de diciembre de 2012















Michelle Sánchez

read more "La víctima nº 100"

martes, 18 de diciembre de 2012



El relato de hoy venía de la mano de una rana. Chimpancé y rana, bucólico. En breve en lugar de La Voz del espejo seremos La llamada de la Selva. Lo sé, cualquier chiste que hagáis lo hemos hecho el bicho verde y yo mil veces. hay parejas que están abocadas a la comicidad.

En cualquier caso digo venía y no viene.

Esta mañana me he despertado con una pata de cuatro dedos en la cara y un cuerpecillo temblón a mi espalda. No debimos volver tan tarde anoche. Al menos los dos estamos vestidos. Cierto que su tono hierba es más oliva a estas horas y que mi pelaje no recuperará su lustro en siglos, pero al menos estamos vivos.

No sé por qué eso me sorprende. No es la primera vez que bebemos juntos, ni la primera que amanecemos juntos. Sin embargo conservo el recuerdo inquietante de un hombre que le susurró algo al anuro. Después solo pude arrastrarlo hasta la oficina. Iba a escribir un relato corto de los que se encuentran en  su Blog o en su Wattpad, pero ahí está, roncando. Diría que plácidamente, pero el hecho es que no.

Y la cosa es que en nada llegará la jefa, que desde que somos legión -que no me oiga o despertaré sus miedos más ocultos.- se pasa por aquí más que por la milla de oro. 

Yo te aprecio, Gustau, pero no voy a estar aquí para presenciar ese encuentro. Me voy. Ya sabes dónde está la salida:

Al fondo a la izquierda



Mientras preparo el café y las tostadas me llaman al móvil desde un número que no conozco. La voz dice pertenecer a la Secretaría de la Facultad de Química de la Autónoma. Después del saludo inicial y de confirmarle que soy quien soy, me suelta la bomba: Me dice que la Química Orgánica de cuarto curso la tengo suspendida, que han encontrado una nota que se perdió en mi expediente y que mi título, por mucho que lo firmase el Rey, ya no tiene validez legal.

El silbido de la cafetera se mete en mis oídos en ese momento, saltan las tostadas y se me cae el móvil al suelo, desmontándose en varias piezas. Me pellizco en el brazo, para comprobar si estoy durmiendo, si estoy dormido, si no estoy jodido. Se me saltan las lágrimas, pero no sé si en sueños los pellizcos duelen, nunca lo había probado antes. Así que me tapo la nariz y la boca con fuerza, para ver si a pesar de ello continúo respirando y esto es solo un sueño. Al cabo de un minuto, casi morado, quito las manos con una sensación de ahogo, más el agobio de saber que no estoy en un sueño, que esto es real.

Pero, ¿cómo es posible? Si justamente ese siempre ha sido mi sueño recurrente sobre las cosas inacabadas, si la química orgánica de cuarto ha sido siempre la asignatura que se me quedaba colgada. ¿Es el fin del mundo? ¿El tiempo en que se hacen realidad todos los sueños? ¡Pues haber empezado por uno en el que soy millonario, joder!

A ver ahora que hago con el doctorado en Ciencias Químicas, con mi post-doctoral en Miami, con mi grupo de investigación en el Centro de Referencia de La Laguna, con la mitad de mi existencia. Se me ha jodido la vida, los últimos veinte años a tomar viento por un puto papel traspapelado que ya no debería importarle a nadie.

Como un autómata me tomo una taza de café frío, doy un par de mordiscos a unas tostadas secas y tristes, y me voy a trabajar, aunque solo sea por no variar la rutina habitual.

En el metro todos me miran, la rubia frente a mi me guiña un ojo y se muerde el labio inferior mirándome con lascivia. Vaya, al menos algo positivo en un día para olvidar. Mientras la miro e imagino lo que podría suceder si me atrevo a seguirle el juego, me pongo como una moto, presiento que me va a doler la presión en los bóxer cuando me ponga palote, pero me da igual, dejemos que la cosa fluya, a ver si se arregla el día.

Mientras siento crecer mi excitación, no puedo evitar darme cuenta: No me duelen los huevos, no hay presión contra los bóxer. Cielos, pero, ¡si estoy desnudo! A pesar de darme cuenta de ello, sigo excitado como un mandril, la rubia sigue mirándome, sonriendo, mordiéndose el labio inferior, las señales son clarísimas. Envalentonado, me levanto y avanzo, apuntando la proa hacia ella, con una sensación de triunfo casi olvidada.

En ese momento me despierto, sudando, aún excitado. Vaya, así que ¿todo ha sido un sueño? Con lo interesante que se estaba poniendo, y me despierto en lo mejor. Si es que, ¡tengo mala suerte hasta en sueños!

Me levanto, voy al baño, me ducho, y me lavo los dientes. ¡Coño!... ¡Algo se mueve en la boca!... ¡Un diente!... ¡Se me ha caído un diente!..., ¡No…, dos!…, ¡Toda la piñata se mueve y abandona la encía al paso del cepillo!

La sangre cae en el lavabo mientras me miro en el espejo, atónito, sin saber qué hacer, con miedo a tragar saliva por no engullir a la vez algún diente, con miedo a pasarme la lengua por las encías para comprobar si es una alucinación y no se me ha caído más que un trozo de alguna muela cariada o si es real y me acabo de quedar desdentado.

En ese momento me despierto, sudando, aún estoy temblando. Esto se está poniendo realmente tétrico. Me da miedo levantarme por si lo hago con el pie izquierdo, me aterroriza mirar bajo la cama por si veo lo que no debo ver.

Gustau SAntos Casademont
Estoy realmente jodido, si sigo soñando no se como despertarme, y si no estoy soñando estoy haciendo el idiota, pero no se como diferenciar en que estado estoy, si despierto o soñando.

Lo único que recuerdo haber leído sobre los sueños, en algún extraño libro, en alguna perdida página de internet, es una frase oscura que decía “la salida, al revés que los lavabos, está siempre al fondo a la izquierda”.

Así que me voy a dar la vuelta, a ver si me duermo, a ver si sueño, a ver si encuentro la salida, y con suerte encuentro la misma salida en cada nivel del sueño. Claro que nunca sabré si he salido de todos los niveles, pero dicen que lo importante no es el destino, sino el camino.

Y tú…, ¿sabes si estás realmente despierto?
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viernes, 14 de diciembre de 2012


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miércoles, 12 de diciembre de 2012


La monja sangrieta
Charles Nodier




Un aparecido frecuentaba el castillo de Lindemberg, de manera que lo hacía inhabitable. Apaciguado después por un santo hombre, se limitó a ocupar sólo una habitación, que estaba siempre cerrada. Pero cada cinco años, el cinco de mayo, a una hora exacta de la mañana, el fantasma salía de su asilo.

Era una religiosa cubierta con un velo y vestida con un hábito manchado de sangre. En una mano sostenía un puñal, y en la otra una lámpara encendida. Descendía así la escalera principal, atravesaba los patios, salía por la puerta principal, que se preocupaban de dejar abierta, y desaparecía.
La llegada de esta fecha misteriosa estaba próxima, cuando el enamorado Raymond recibió la orden de renunciar a la mano de la joven Agnès, a quien amaba locamente. Raymond le pidió una cita, la obtuvo, y le propuso un rapto. Agnès conocía de sobra la pureza del corazón de su amante para vacilar en seguirle:
—Dentro de cinco días —le dijo ella— la monja sangrienta debe dar su paseo. Abrirán las puertas y nadie se atreverá a interponerse en su camino. Yo sabré procurarme vestidos apropiados y salir sin ser reconocida. Estad preparado a cierta distancia... —Alguien entró en ese momento y les obligó a separarse.

El cinco de mayo, a medianoche, Raymond se encontraba a las puertas del castillo. Un coche y dos caballos le esperaban en una cueva cercana. Las luces se apagan, cesa el ruido, suena el reloj; el portero, siguiendo la antigua costumbre, abre la puerta principal. Una luz aparece en la torre del este, recorre una parte del castillo, desciende... Raymond divisa a Agnès, reconoce el vestido, la lámpara, la sangre y el puñal. Se acerca; ella se arroja en sus brazos. La lleva casi desvanecida en el coche; parte con ella, al galope de los caballos.

Agnès no decía ni una palabra.

Los caballos corrían hasta perder el aliento; dos postillones que trataron vanamente de retenerlos fueron derribados. En ese momento, una tormenta espantosa se levanta, los vientos soplan desencadenados; el trueno ruge en medio de miles de relámpagos; el coche desbocado se rompe... Raymond cae sin sentido.
A la mañana siguiente se ve rodeado de campesinos que le llaman a la vida. Él les habla de Agnès, del coche, de la tormenta. Nada han visto, nada saben, y está a más de diez leguas del castillo de Lindemberg. Le llevan a Ratisbonne; un médico cura sus heridas y le recomienda reposo. El joven amante ordena mil búsquedas inútiles y hace cien preguntas a las que nadie puede responder. Todos creen que ha perdido la razón.
Sin embargo, el día va pasando; el cansancio y el agotamiento le procuran el sueño. Dormía bastante apaciblemente, cuando el reloj de un convento cercano le despierta, al dar la hora. Un secreto horror se apodera de él, se le erizan los cabellos, se le hiela la sangre. La puerta se abre con violencia; bajo el resplandor de una lámpara que está sobre la chimenea, ve avanzar a alguien: es la monja sangrienta. El espectro se acerca, le mira fijamente y se sienta en la cama durante toda una hora. El reloj da las dos. El fantasma entonces se levanta, coge la mano de Raymond con sus dedos helados y le dice:
—Raymond, yo soy tuya; y tú eres mío para toda la vida —salió enseguida, y la puerta se cerró tras ella.
Una vez libre, grita, llama; se persuaden cada vez más de que no está en su sano juicio; su mal aumenta y los auxilios de la medicina son vanos.
La noche siguiente, la monja volvió, y sus visitas se repitieron durante varias semanas. El espectro, sólo visible para él, no era percibido por ninguno de los que hacía acostar en su habitación.
Entretanto, Raymond averiguó que Agnès había salido demasiado tarde y le había buscado inútilmente por los alrededores del castillo; de donde concluyó que a quien había raptado era a la monja sangrienta. Los padres de Agnès, que no aprobaban su amor, aprovecharon la impresión que produjo esta aventura en su espíritu para determinarla a que tomase los hábitos.
Finalmente, Raymond fue liberado de su espantosa compañía. Llevaron a su presencia a un personaje misterioso que pasaba por Ratisbonne; le introdujeron en la habitación a la hora en que debía aparecer la monja sangrienta. Ésta tembló al verle y, tras una orden de aquél, explicó el motivo de sus inoportunas apariciones: religiosa española, había abandonado el convento para vivir en el desorden con el señor del castillo de Lindemberg; infiel a su amante, al igual que a su Dios, le había apuñalado; asesinada ella misma por su cómplice, con el que quería casarse, su cuerpo había permanecido sin sepultura y su alma sin asilo erraba desde hacía un siglo. Pedía un poco de tierra para su cuerpo y oraciones para su alma. Raymond se las prometió y no la volvió a ver.
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martes, 11 de diciembre de 2012


Un chico muy dinámico, este Rafael. Llega aquí con ese ritmo frenético, me dice que me entiende, que él también es editor y se marcha con la misma cadencia.

Y ¿Qué hago yo? Pues eso, contagiado de su entusiasmo, bostezo, llamo a uno de mis colaboradores y pido un informe completo de su actividad. Así me entero de que trabaja aquí y que resulta que he comprado dos de los volúmenes del Hombre de mimbre

Ahora me planteo pasarme por sus dominios editoriales y robarle algunos colaboradores. De momento os dejo con este relato lleno de alegría del que dimana un inconfundible espíritu dicharachero...

Para los que no hayan reconocido el círculo, la ilustración es de Calavera Diablo...




Cuando llegué a la habitación de un pequeño edificio situado en el antiguo barrio de Lavapiés, uno de esos hogares sencillos, de teja árabe, y organizados alrededor de un patio angosto y húmedo, encontré dos cosas que no olvidaré nunca: el rostro decadente y abotargado de un viejo amigo de la universidad, al que no veía desde hacía más de diez años, y una situación para la que mi larga experiencia como médico no me había preparado aún.

     Es cierto que el tono apremiante, casi desesperado, de la nota con la que fueron requeridos mis servicios no presagiaba nada bueno, y que durante el trayecto que separaba mi hogar de la penumbra miasmática que encontré entre aquellas paredes no dejé de prepararme para lo peor, pero todas mis suposiciones fueron insuficientes, banales, apenas una leve aproximación a la terrible realidad que allí me esperaba. Al instante, dejé de ser médico para convertirme en la viva imagen del aturdimiento y la ineficacia. ¿Podía ser aquello cierto? ¿Podía estar pasando? Hice un análisis exhaustivo del paciente: le ausculté el pecho, miré detenidamente el iris de sus ojos y exploré su garganta, tal vez con la esperanza de encontrar una causa natural a lo extraordinario. Pero nada, todo fue en vano. Su salud era perfecta, y sin embargo..., sin embargo... Oh, cómo deseé en ese momento encontrarme ante los estragos de la malaria, ante un enemigo tangible, capaz de alterar la razón y sumirla en la locura de la fiebre, capaz de transformar a un ser humano, a un viejo amigo, en la sombra postrada que tenía ante mí.

     En esos momentos de ofuscación, mi amigo me dedicaba una sonrisa condescendiente, adivinando lo infructuosos que resultaban  mis intentos por averiguar la naturaleza de su "dolencia".

     —No tengo fiebre —repitió por cuarta vez—, y mi corazón late con normalidad. Mi salud es buena y pienso con claridad. Ya te he dicho lo único que puedes hacer por mí.

     —Eso que me pides es algo imposible —me mantuve firme—. Va en contra del código de mi profesión y... es horrible, una locura.

     —Pero te necesito, eres el único que puede ayudarme. ¿Recuerdas los viejos tiempos? Siempre fuiste un buen amigo, siempre estuviste a mi lado.

     —Esto es demasiado. Lo siento.

     Aparté la mirada, para enfrentarme al instante con la memoria de su imagen, tal y como había sido durante los primeros años que pasamos juntos en la universidad. El vértigo me embargó, pues no demasiado atrás en el tiempo, aquel hombre había sido un joven alegre, aficionado al vino y las mujeres, todo lo opuesto al ser apático y apagado que yacía entre las sucias sábanas de aquella cama. Un sentimiento de obstinada incredulidad reapareció en mi interior: ¡no, no y no!

     —Debes entrar en razón —le amonesté apretando su mano—. ¿Qué ha sido de la persona feliz y valiente que conocí, la que vaciaba sus bolsillos en la angosta de San Bernardo, y no dejaba pasar la oportunidad de conocer a una mujer?

     —Desapareció, amigo mío. Murió con la llegada de las primeras arrugas.

     —Bien, en ese caso la traeremos de vuelta —dije dirigiéndome a la ventana y descorriendo las cortinas con un gesto enérgico que inundó la habitación de luz—. Mira este sol, y escucha a la gente de allá abajo. ¿Verdad que la idea de un paseo es algo tentador? ¿Qué  me dices? Levántate y salgamos un rato. Un poco de aire limpio te sentará bien. Lo verás todo diferente.

     Me observó impasible,  negando con la cabeza.

     —El mundo que ves a través de esa ventana no puede ofrecerme ya nada. Esta es mi nueva patria .—Abrió los brazos, abarcando con ellos los márgenes de la cama—. Aquí tengo todo cuanto necesito. El Motín[1], mis amigos, tabaco, comida, el café de la tarde...

     —No puedes estar diciéndolo en serio.

     —Sé muy bien lo que piensas, y no te culpo. La vida fuera de esta cama es un vergel de engaños, una poderosa ilusión que nos hace sonreír agradecidos mientras los bienes más valiosos de nuestro corazón nos son arrebatados sin piedad. Crees que nadie, en su sano juicio, podría rechazar el aire puro, o la vida entre la ruidosa gente de ahí abajo, pero estás equivocado. Yo he conseguido emanciparme de toda esa... farsa.

     —¿A qué llamas farsa? —pregunté apartándome de la ventana y tomando asiento junto a su cama, dispuesto a comprender, de una vez por todas, aquella postura tan inconcebible.

     Su voz me llegó firme.

     —A eso que llamas una vida de provecho. Desde siempre he intentado acomodarme a vuestro mundo, a vuestras reglas, sabes muy bien que lo hice. He sido un títere de mis padres, de mis amigos, de las mujeres que he amado, he vivido siempre según sus expectativas, ¿Y para qué? ¿Qué he ganado? Un corazón torturado y lleno de desengaños. Menciona uno sólo de los valores que hacen de la existencia fuera de esta cama algo ventajoso y te lo rebatiré con una experiencia dos veces más contundente.

     —¿Qué hay de la libertad?

     —¿La libertad?

     —Sí, la libertad de elegir el espacio que ocupa nuestro cuerpo en este mundo. Por ejemplo, ahora deseo levantarme, coger esta silla y colocarla ahí mismo —lo hice mientras hablaba y volví a sentarme, observándolo ahora desde el otro extremo de la cama—. Tal vez, dentro de un rato desee estar sentado allí, o... allí. Puedo hacerlo porque soy libre. Si estuviese postrado en una cama tendría que conformarme con ocupar el mismo espacio de siempre.

     —El mismo espacio de siempre —repitió sonriente mi amigo—, ¿no lo llaman hogar? ¿Acaso eres menos libre cuando al regresar del trabajo cada tarde cierras la puerta y te olvidas de tus pacientes, de las listas de espera en la consulta, del ruido estresante de la vida, dentro del mismo espacio de siempre que comprenden las cuatro paredes de tu hogar?

     Resoplé, molesto conmigo mismo al no conseguir cambiar su insano punto de vista.

     —Pero no desesperes, amigo —continuó—, hace tiempo que tomé esta determinación y no hay nada que puedas decirme para que cambie de opinión. Recuerdo cuando, siendo sólo un niño, mis padres pretendieron inculcarme aprecio por la cultura, arrojándome a la lluvia, al frío de las mañanas de invierno, entre una jauría de niños violentos y piojosos, que disfrutaban tirándome del pelo o escupiendo a mis zapatos. ¡Cuánto me acordaba de la segura y caliente cama en esos momentos!

     —Un mal necesario, que ha hecho posible que hoy sepas leer y escribir —contesté.

     —Habría aprendido igualmente en la cama.

     —¿Y qué me dices de aquella chica que conociste en la universidad? Sara, creo que se llamaba. Recuerdo tu rostro de felicidad cuando me la presentaste. Incluso llegaste a fantasear con llevar una vida junto a ella.

     —¿Recuerdas cómo terminó?

     —Pero fuiste feliz mientras duró. No te prives de eso.

     —No, amigo mío, es inútil. En esta cama no hay niños que me escupan, ni mujeres que me rompan el corazón. Aquí solo existo yo. Sin sorpresas. Sin falsas esperanzas. Sin mentiras.

     Recordé entonces la magnífica posición que la familia de mi amigo tenía dentro de la creciente industria del carbón, y las esperanzas y expectativas que, sin lugar a dudas, debían tener puestas sobre el único heredero de la empresa. Inevitablemente, la pregunta fue formándose en mi cabeza.

     —¿Lo sabe tu padre?

     —No, por supuesto que no. Él no lo entendería. Espera demasiado de mí.

     —¿Y qué sucederá con el negocio familiar? ¿Dejarás que se hunda?

     —No. Ya lo he consultado todo con mi abogado. Puedo dirigir la empresa perfectamente desde esta cama.

     —¿Y qué crees que pensará tu padre sobre eso? Es un hombre de carácter.

     —Vendrá aquí y tratará de sacarme a rastras. Mi padre no entiende el trabajo sin sufrimiento. Por eso necesito de tus servicios, amigo mío. Los necesito urgentemente.

     Me levanté y caminé en silencio hacia la ventana. No podía creer que estuviésemos llegando a aquel punto. 

     —He de pensarlo bien —fue toda mi contestación.

     Dejé aquella habitación inmerso en un mar de dudas y contradicciones. Por momentos, la súplica de mi amigo lograba soslayar las barreras más inquebrantables de la razón, pero ésta no tardaba en imponerse nuevamente, desbaratando todo rastro de conmiseración hacia él y su desquiciado plan. Algunos pasos después, volvía a simpatizar, y al girar la esquina ya refunfuñaba receloso: «Pedirle semejante locura a un médico. ¡Bah!». De este modo, cambiando de parecer a cada paso, llegué hasta la calle de San Bernardino, donde un ruido de voces atrajo mi atención hacia La plaza de justicia. Varios soldados rodeaban el Cuartel de San Gil, y otros tantos, a caballo, contenían al gentío que se hallaba reunido en la plaza. Parecía que regalasen comida. La mayoría gritaba y levantaba los brazos, lanzando improperios de toda clase hacia el centro de la plaza, hacia una mujer menuda, vestida de negro, que permanecía sentada en el garrote vil como una muñeca en su sillita. Ante ella, varios hombres santos oraban en voz alta por su alma. Me volví hacia un hombre que tenía al lado y le pregunté:

     —¿Quién es?

     —No sé —respondió, sin dejar de mirar con avidez por encima de las cabezas que tenía delante y que nos tapaban un poco la visión del cadalso.

     —¿Y qué ha hecho?

     —Tampoco lo sé. Dicen que quemó a una mujer viva en la calle Fuencarral, pero vaya usted a saber.

     Y volvió a jalear con redoblada violencia, al ver cómo el verdugo se arrodillaba ante ella y pedía perdón de antemano por el trabajo que estaba a punto de realizar. Cuando cubrió el rostro de aquella mujer con un pañuelo negro, casi pude sentir a la gente saliéndose de sus zapatos de pura excitación. Y al girar la rueda que quebró finalmente el cuello de la víctima, percibí un «¡Oh!» orgiástico que me heló el alma. Retrocedí asqueado, pero muchas personas que habían llegado después que yo me cortaban el paso, y ahora que el verdugo había retirado el pañuelo que ocultaba el rostro de la muerta, luchaban por hacerse un hueco en primera fila y no perder detalle. El hombre al que acababa de preguntar fue el primero en lanzarse. Se había apoyado en mi hombro y antes de que me diese cuenta ya estaba varios metros más cerca del cadáver sentado de la mujer. Es curioso, no sabía cómo se llamaba, ni qué delito hacía cometido exactamente, pero quería ser el primero en ver su rostro sin vida. Y el resto de viandantes que iban llegando no eran muy diferentes.

     Cuando llegué a casa eché las cortinas y me aseguré de que las ventanas se encontraban totalmente cerradas. Quería silencio. Luego aflojé el nudo de la corbata y me dejé caer sobre la cama. Estaba agotado y necesitaba estar a solas, lejos de la gente, del ruido, de las calles, de su violencia...

Rafael Lindem
     A la mañana siguiente ya había tomado una decisión con respecto a mi amigo. Nada más llegar a la consulta redacté el diagnóstico que me había pedido: un agudo problema de diabetes que lo obligaba a permanecer en cama, y que había llegado a necrosar el tejido de sus extremidades inferiores, poniendo en serio peligro su vida. El pronóstico era grave, y recomendaba encarecidamente la amputación inmediata de ambas piernas.


[1] Periódico madrileño de corte satírico, publicado semanalmente entre 1881 y 1926.
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lunes, 10 de diciembre de 2012




Buenos días, señoras y señores. Me llamo Pandora. Ya se lo dije hace unos días. Y hoy les voy a hablar de mi amigo Franky; por eso me he vestido así ¿A que estoy guapa?

Ilustración: Jesús Guzmán
Hace un montón de años, una señora inglesa que se llamaba Peggy Webling, escribió una pieza de teatro que se basaba en una obra de otra señora inglesa que se llamaba Mary Shelley. Mary había publicado una novela acerca de un científico que creaba un monstruo, pero no le había puesto nombre.  A mí me parece una falta de consideración tener bebés y llamarles bebé; y creo que a Peggy también se lo parecía, por eso fue la primera en llamar a la criatura igual que a su padre: Frankenstein. Yo prefiero Franky porque es más corto.

Franky no tuvo mucha suerte. El profesor, tenía muchas ganas de ser papá. Y hasta se iba a casar, pero por aquel entonces estaba un poco feo tener hijos antes del matrimonio, así que su novia no le pudo ayudar en lo de loa bebés. De todas maneras, como era muy listo y  muy aplicado, fue reuniendo piezas de cuerpos humanos: un brazo aquí, una pierna allá, un ojo de un sitio, la boca de otro… Nadie supo nunca de dónde había sacado el profe todas las cosas. Bueno, menos una. Se sabía que el cerebro era el de un criminal. Y ese detalle de nada fue lo que le fastidió la vida a Franky.

La cuestión es que al pobre le conectan y le dejan encerrado en un sótano. Claro, así es normal que se enfade. Yo no creo que fuera por lo del cerebro del asesino. Creo que es muy injusto que los papás tengan hijos, no los cuiden ni los quieran y luego les echen la culpa de las cosas. No, no. Eso no está bien. Yo porque he salido buena, que si no…

Por ejemplo, el caso de la niña del lago: ella estaba allí tranquilamente, echando flores al agua para verlas flotar. Y Franky quería jugar con ella, así que la ayudó a recoger las flores y a tirarlas al agua. Pero luego las flores se acabaron ¿no? Pero Franky quería jugar. Los niños siempre queremos jugar. Y, bueno, Franky es muy grande y a lo mejor da un poco de miedo, pero solo es un niño. Así que cogió a su compañera y la tiró… pero no flotaba.

¿Por qué nadie siente pena por el pobre Franky que se quedó sin amiguita y sin juguetes? ¿Por qué nadie tiene en cuenta que el pobrecillo no dio más que lo que podía dar?

La película de la Universal, la de ese señor con nombre ruso, Karloff, que hicieron en 1931, no me gusta. Al final un montón de personas enfadadas que nunca se preocuparon de los sentimientos de mi amigo, queman el molino donde se había escondido ¡Y Frank muere quemado vivo! Pero no solo eso. El profesor, su padre, se casa y tiene un bebé con su esposa ¡Un bebé! ¿Qué pasará cuando el niño crezca? A lo mejor su padre también quiere quemarle si rompe un juego de café caro o si derrama tinta sobre una alfombra…

Hay otra película, en color, un poco más nueva. Un señor inglés, muy rubio y que se cree muy importante, Kenneth, lleva una capa roja preciosa y también crea un monstruo. Aunque este monstruo se parece mucho a un mafioso italoamericano, no sé por qué. Y creo que ha crecido, porque no parece un niño. De este no me hice amiga, porque no me necesita. Puede hacerse entender mejor que Franky.


Esta nueva criatura se siente sola, se siente herida, abandonada. Es un monstruo inteligente, sensible y consciente. A veces pienso que me gustaría presentárselo a Franky para que fuera su papá. Pero Franky no quiere. Estamos bien aquí juntitos. Jugamos, yo no me dejo atrapar cuando se nos acaban las flores y en mi caja tenemos muchos amigos de esos con algunos problemillas. Ya sabéis, como yo.


Si queréis haceros amigos nuestros, podéis venir a vernos aquí:



Frankestein
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viernes, 7 de diciembre de 2012



Una vuelta de tuerca

Ni la muerte, ni la fatalidad, ni la ansiedad, pueden producir la insoportable desesperación que resulta de perder la propia identidad.                                                                                
   H. P. Lovecraft

Nacho de Marcos

Cthulhu desciende del transporte bio-multidimensional que lo llevara de su hogar en R´lyeh a la ciudad de Arkham, donde dentro de pocos minutos debe reunirse con Azathoth, su editor, para discutir los detalles de su último relato, «La llamada de Lovecraft». Tal como puede ver, la ciclópea ciudad de Arkham no ha cambiado demasiado desde la última vez que la visitara algunos eones atrás, con sus megalíticos y caprichosos edificios de geometría no euclidiana cubiertos de limo verdoso, con sus negros y elefantinos shugorans tocando jazz en las esquinas y sus shoggoths callejeros buscando alimento en los basureros.

            Tras caminar un par de calles Cthulhu por fin llega ante el milenario edificio de piedra negra y demoniacos arabescos en cuyo interior se encuentra la editorial Alhazred, la cual durante los últimos siglos ha deleitado a los Primigenios con los más sorprendentes y aterradores cuentos de horror terrestre.

El Primigenio asciende por una gran escalera de ángulos extraños hasta llegar al último piso del edificio. Finalmente alcanza una inmensa estancia en la que antiguas y prodigiosas manos crearon una megalítica sillería con incrustaciones de ónice. Es la sala de espera. En ella puede ver a algunos de sus colegas escritores esperando su turno para ver al despiadado e idiota Azathoth. Allí está Hastur, quien ha alcanzado moderado renombre con su cuento «El retorno de Derleth»; un poco más allá Tsathoggua, somnoliento y sonriendo estúpidamente como de costumbre, es un reconocido pintor y escritor de extraños relatos protagonizados por el brujo Ashton-Smith. Del otro lado descubre a los hermanos de Tíndalos, tan famélicos y hambrientos como siempre, seguramente llevan el borrador de su ultimo relato sobre viajes psicotrópicos. Desgraciadamente también está allí el impertinente de Y´golonac.

—¡Iä! ¡Iä!, Cthulhu —saluda el aludido.
—¡Iä! ¡Iä!, Y´golonac —responde con disimulada molestia el nativo de R´lyeh.
—¿Traes un nuevo escrito?
—Sí, bueno, uno tiene que comer.
—Cierto, cierto. ¿Qué traes entre manos?
—Una que otra idea. ¿Aún sigues casado con Shub-Niggurath? —pregunta Cthulhu sin interés real.
—Ya lo creo que sí. Pero vamos amigo, comparte algo conmigo, tengo mil hijos que alimentar.
Y´golonac está resultando ser bastante molesto y Cthulhu comienza a sentirse atosigado, afortunadamente en ese momento la secretaria de Azathoth mueve un gelatinoso y pálido apéndice en su dirección.
—El señor Azathoth lo recibirá ahora. —le dice.

Cthulhu se levanta sin despedirse, atraviesa el plateado umbral y llega ante su editor. Dentro de la oficina el calor es intenso, agobiante, tanto que al instante reseca su protoplásmica piel. En el centro de la habitación, Azathoth blasfema y burbujea, es un caos nuclear de estrés y mal humor.

Cthulhu toma asiento y entrega con garras temblorosas su manuscrito. Azathoth lo examina con su aborrecible inteligencia conectada a órganos extraños y nauseabundos. El dios-pulpo se agita nervioso en su silla, la garganta seca por el calor nuclear.

            —¡Maravilloso! —balbucea el editor-dios— Otra magnifica creación, la «Llamada de Lovecraft» será sin duda un éxito entre nuestros lectores. Sigue así Thuly, sigue así. Pronto me pondré en contacto contigo para ultimar detalles.

Satisfecho del éxito obtenido, Cthulhu regresa a R´lyeh. En su negra y mefítica morada se coloca frente a su máquina de escribir y utiliza sus tentáculos para teclear su próxima historia. Imagina un pequeño pueblo costero en el que los Profundos viven plácidamente. Una noche seres “no escamosos” surgen del océano a bordo de extraños vehículos de geometría euclidiana. Los aterrados Profundos corren por las calles y se esconden en sus casas implorando a Dagon, pero su dios permanece impasible. Los invasores son demasiados, y a la luz de la luna muestran su verdadera forma, son «primates psicópatas» que portan extraños instrumentos que respiran humo y vomitan acero, con los que hacen llover la muerte sobre los inocentes seres ictios. Las maquinas de los invasores, impulsadas por poderosa ciencia, son implacables en la destrucción de sus hogares y refugios, aún de los subacuáticos. Cuando el amanecer llega, el pequeño pueblo de Innsmouth arde en llamas, dos terceras partes de sus habitantes masacrados, el resto son apresados y esclavizados. Tanta muerte, tanto horror.

Gustavo Raga Pascual

Cthulhu deja de teclear. Será otra gran historia. Cansado más allá de lo creíble se dirige a su habitación, retira los percebes de su cama y se recuesta en ella. Duerme y sueña, sueña con poetas y pintores de apariencia simiesca. El sueño se torna pronto pesadilla. En ella, uno de esos simios lampiños, de alargado y sombrío rostro, escribe incansablemente sobre un papel. De algún modo Cthulhu puede ver lo que el primate garabatea, es una historia, pero no cualquier historia, en ella las palabras hacen del verdoso escritor un monstruo acuático que gusta de atormentar y devorar toscos primates marineros, nada más que un mal chiste cósmico.

Sólo que no es un chiste. Su pesadilla se ha convertido en el teatro de los horrores de una potencia exterior a él. Desesperado intenta despertar, pero mientras más escribe el simio más se siente perder en los pozos de un sueño que ya no le pertenece. Mientras su ser consciente se va disolviendo, Cthulhu aterrorizado se sabe más muriendo que durmiendo. En un último instante se sorprende mirando los obscuros ojos del simio, este abre la boca y en una frase abre abismos de demencia para él.

El simio sentencia: «No está dormido lo que eternamente puede soñar, y con el paso de extraños evos, el soñador deja de despertar». 

GLOSARIO PARA PROFANOS:

Cthulhu: deidad más conocida del panteón cósmico creado por el escritor H. P. Lovecraft. Es un ser monstruosamente gigantesco de cabeza de pulpo, cuerpo antropoide y alas de dragón en la espalda. Yace muerto, pero soñando, en la ciudad sumergida de R´lyeh, desde donde pude comunicarse a través de sueños con ciertos individuos sensibles a su llamado. Su primera aparición es en el relato la Llamada de Cthulhu.

R´lyeh: ciudad sumergida y hogar de Cthulhu, se ubica en algún punto cerca de las islas Ponape. Su primer mención es en el relato La llamada de Cthulhu, y a partir de entonces es muy mencionada por otros escritores del Circulo de Lovecraft.

Arkham: ciudad ficticia de Nueva Inglaterra, creación de H. P Lovecraft y en la cual ambienta gran parte de sus relatos. Es una mezcla de estilo victoriano y europeo (principalmente holandés). En ella se ubica la Universidad de Miskatonic, centro neurálgico de varios relatos en el universo creado por Lovecraft.

Azathoth: Otra de las deidades de Lovecraft, y aparentemente la principal en su cosmovisión. Es un ser amorfo que eternamente blasfema y burbujea en el centro del universo, animado por un grupo de flautistas sin cuerpo que entretienen su mente trastornada. Es ciego e imbécil. Se le menciona en diferentes relatos.

Shugorans: creatura antropomórfica con características elefantinas de color negro. Es el ángel de la muerte de una tribu perdida de Asia. Es creación del escritor T. E. D. Klein y aparece en su relato Un negro con saxofón (conocido en otras traducciones como Un negro con trompeta).
Alejandro Morales

Shoggoths: creaturas inventadas por Lovecraft. Aparecen por primera vez en su relato En las montañas de la locura. Son seres sin forma definida y de material protoplasmático, lo que les permite generar miembros a voluntad y alterar su masa y volumen. Fueron creados por la raza de los Antiguos en la prehistoria de la Tierra como sirvientes. 



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