sábado, 30 de junio de 2012



Una imagen vale más que mil palabras, dicen. No debería estar de acuerdo: mi negocio está en las palabras. En los buenos tiempos, cuando mi primer cajón estaba ocupado por una botella de whisky barato, los artículos se pagaban por palabras. ¡Dios, qué tiempos! Entonces las mujeres estaban hechas de otra pasta. Entonces sí sabían divertirse.

Globina, la señora Hemo, como me pidió que la llamara, es una mujer que necesita llamar la atención. No iba a entrevistarla. El instinto, mi instinto de periodista me decía que debía evitarla a toda costa o me traería problemas.  El mismo instinto me empujó a buscarla. La encontré. Vaya si la encontré.

La puerta de su apartamento estaba abierta. Filtraba una luz ténue, rosada. Me recibió con una boa de plumas negras, ave de mal agüero, que recorría el surco de sus piernas interminables sobre el sofá.  Tapada a medias por una bata de tul negro como la muerte, un hombro al descubierto y el humo espeso de un cigarrillo que enturbiaba el ambiente y velaba sus ojos.

- ¿Es que no va a preguntarme nada?

Yo permanecí mudo. La señora Hemo, pensé. Qué poco tiene de señora. Qué gran mujer. 

- Suponía que me haría una entrevista en profundidad.

Dentro de mis pantalones abultaba ya el deseo de conocerla profundamente, sí. preguntas tenía pocas. Me arranqué el sombrero de la cabeza, me desabroché un par de botones de la camisa y me dirigí hacia ella.

- No se equivoque, reportero.

Se incorporó con un movimiento felino, las plumas cayeron al suelo y el hombro, bendito pedazo de piel caliente y suave, quedó cubierto para siempre.

- Está en mi naturaleza que quienes me desean terminen lamentando haber cedido a la debilidad de su carne. No soy yo, son ellos. No quisiera que sucumbiese usted... No tan pronto, al menos.

Quise ver que me guiñaba un ojo bordeado de pestañas inmensas, pero su rostro permaneció siempre oculto por el humo y la penumbra. El bulto de mi bragueta no me dejaba pensar. Me daba lo mismo lo que pudiera pasarme siempre que la poseyera allí y entonces.

- Pregúnteme lo que quiera, Max, y le contestaré. Si intenta ponerme una mano encima se arrepentirá.

- No es hablar lo que quiero.

- Es por lo que te pagan.

- No me importa.

- Pregúntame por qué debías entrevistarme.

- ¿Por qué debía entrevistarte? 

- Aparezco en todos los relatos del espejo. En todos y cada uno de ellos. Es por mí que matan los que matan y mueren los que mueren. Ellos creen que se mueven por otros motivos, por sus propias razones. Se equivocan. Todos se equivocan cuando yo ando cerca. ¿Qué te parece?

- Que estoy deseando equivocarme.

- Ahora debes preguntarme cómo me hace sentir eso.

- ¿Cómo te hace sentir?

- Yo no tengo sentimientos. No tengo corazón, aunque conozco los corazones de todas las mujeres y de todos los hombres. Puedes preguntarme por cualquiera de ellos. Todos son malvados a su propia manera. Son malvados por odio o por amor. Son malvados por los motivos más bajos y por los más elevados.

Por algún motivo, aquella última frase me desinfló. En más de un sentido. Recordé que yo era un mono cualquiera. Quizá un poco más listo que la mayoría, pero no lo bastante listo. Y ella era una mujer más que hermosa. El momento había pasado, yo no lo había aprovechado y me quedaba hacer una cosa: mi lista de preguntas.

- ¿Te sientes entonces protagonista?

- Veo que no te has enterado de nada, encanto. Yo no me siento nada. Los demás se sienten una cosa u otra gracias a mí. Eso es todo.

- ¿A qué te dedicas en el mundo del espejo?

- Si no fuera por mí, detrás de ese cristal no sucedería nada. 

- ¿Y qué más puedo preguntarte?

- Si no lo sabes, no puedo ayudarte.

Yo no lo sabía, así que me fui. Ahora es vuestro turno. Aunque, si sois listos, huiréis de esta mujer como del demonio. No digáis que no os lo advertí.





read more "Globina Hemo: Una mujer expansiva"

viernes, 29 de junio de 2012



Buscar a este hombre fue una de las dos cosas más desagradables que he hecho en los últimos tiempos. En cuanto solucioné mi problema con Mario -está bien conservar amistades voraces en el acuario- volví a mi trabajo. Dejé la gabardina de lado y me metí en un gimnasio. Tampoco yo podía creerlo. He dedicado mi vida al alcohol y la comida fácil sin remordimientos. Sin embargo este trabajo requería medidas desesperadas.

Mi objetivo es un animal de costumbres extrañas: no bebe, no come. No le he visto hacer nada excepto ejercicio. Diréis que esta parte del encargo me habrá devuelto un vientre plano. No ha sido así. En cuanto cubrí el expediente volví al whisky solo y los cacahuetes. Yo también soy un animal de costumbres.

Dejo aquí nuestra conversación. Más tarde, si aún creen que hay más que extraer, pueden hacer sus propias preguntas.

- Buenas tardes.

- Muy buenas. No vienes mucho por aquí ¿verdad? Tendrías que hacerte la cera. Si te pones a entrenar así ni siquiera podrás ver tu evolución. No te ofendas, pero el vello no está de moda.

- Así que te dedicas a esto ¿no?

- ¿A dar consejos de belleza? - Me sonrió, condescendiete. Aunque reconozco que puede haber sido fruto de mi imaginación. El botox ha hecho que la expresión facila de este hombre se reduzca al mínimo.- No. Yo soy modelo ¿ves?

Y vi. Claro que vi. Un cuerpo espectacular. Ni un pelo fuera de sitio, ni un gramo de grasa por ninguna parte. Él también miraba. El espejo nos devolvía una estampa curiosa: él con su chandal verde y yo con mi camiseta de la selección española. 

- ¿Te hemos visto en el desfile de algún diseñador importante?

- ¡Oh! ¡Sí! Sin duda. Todos los inviernos. Procuro no hacer publicidad de otros gratuitamente. Entiéndelo, es mi modo de vida. Pero sí. Seguro que me has visto en televisión a menudo. Búscame en Google.

- ¿Y por qué crees que te escogió Alicia Pérez Gil para uno de sus relatos?

- Está mal que lo diga yo, pero ¿No resulta evidente? he leído algunos y son deprimentes: todo oscuridad y situaciones incómodas. El libro necesitaba un toque de glamour. Ahí entramos mi novia y yo. 

- Así que esta joya está engarzada. - Hasta a mí me da vergüenza reconocer que esas fueron exactamente mis palabras. Recuerden que mi misión es la de hacer retratos favorables. Le habría preguntado por su nivel de estudios y sus problemas familiares, pero ninguno de esos temas nos habría llevado a ningún sitio.

- Desde que tengo memoria, Max. Noemí es sin duda mi media naranja. Es modelo de alta costura, pero está increíble con cualquier cosa que se ponga. 

- ¿Cómo os conocísteis?

- Si te digo la verdad, creo que no me acuerdo. Siempre hemos estado juntos. Creo que no recuerdo un solo día sin ella. 

- ¿Es entonces la tuya una historia de amor?

- Yo pierdo la cabeza por ella, es lo único que puedo decir. La busco, la busco constantemente y no consigo verla. Es el papel más duro que he interpretado jamás.

- ¿Y ella? ¿Cómo lo pasa?

- Bueno, Max. Tendrás que preguntárselo tú.

- Quizá lo haga, Jonathan. Quizá lo haga.

Salí del gimnasio como un demonio exorcizado de un cuerpo poseído. Me quité la camiseta roja y, como he dicho antes, me dirigí al bar más cercano antes de redactar esta entrevista.
Ahora saber más depende de ustedes.

Buenas noches... y buena suerte.



read more "Buscando a Jonathan desesperadamente"

miércoles, 27 de junio de 2012







Este es Max, nuestro reportero oficial. Los escritores autoeditados no disponemos de grandes presupuestos, así que hacemos lo que podemos con los medios que nos son dados.


Max y yo estamos muy contentos. Excitados, diría, por las expectativas generadas. Al fin y al cabo somos el primer blog vacío con 11 seguidores. El primer periódico que cubrirá una única noticia. Sabemos que estamos haciendo historia.


Esta es la primera entrevista de Max a una de las Inquilinas del Espejo. 


Os dejo con ella.


Recordad que podéis añadir tantas preguntas como queráis. Gilda las contestará encantada siempre que vea limpia vuestra aura...


¡Disfrutad!
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Me alegré de llevar una gabardina que cubriese mi barriga incipiente. Como periodista, debo estar en forma, pero Gilda Zárate me hacía parecer un león marino.  Cuando apareció tras la puerta de su apartamento me sorprendió su delgadez extrema. Miró por encima de mi cabeza, me cerró la puerta en las narices, descorrió la cadena de seguridad y por fin me franqueó la entrada.

- Bonito piso.

- Gracias. Es pequeño, pero me gusta. Los espacios amplios me ponen nerviosa.

Decidí ahorrarme lo de la agorafobia. Me han contratado para escribir artículos laudatorios pero sin que se note. “Hazles la pelota”, me dijeron. “Pero no seas muy obvio”. No es sencillo para un chimpancé encontrar un empleo serio. Cierto, no parece muy serio vestirse de humano para hacer preguntas a unos tipos como estos, pero es lo que hay. Al menos no me pagan en plátanos.

Como el piso era de verdad bonito, con su cocina de butano, su cama oculta tras unas cortinas espesas de colores terrosos y un montón de parafernalia esotérica, empecé por ahí.

- ¿Lo ha decorado usted misma?

La mujer arrugó la nariz. Lo intento, pero soy un mono. A veces el impulso de rascarme es incontenible. El ambientador con olor a mango y fruta de la pasión debía de contener algún químico al alérgico. La tal Gilda no está acostumbrada a elementos como yo. La evolución no ha sido justa con todas las especies.

- La mayoría, sí. Las cosas raras son regalos de mi hermana Elena. Esos platos de cerámica, por ejemplo. Y casi todas las figuras. Seguramente conozca a Elena. Es ella la que suele salir en los periódicos.

Hice memoria, pero no me sonaba de nada. Ninguna Elena Zárate en mis registros. Iba a disculparme y a inventar alguna cosa halagadora cuando observé que, en realidad, no la había ofendido.

- Lo siento, no tengo el placer.
- No se preocupe, quizá no sea un placer. Elena tiene la mala costumbre de mentir a los periodistas. Es una de las cosas que no compartimos, mi hermana y yo.

¡Bingo! Primera diana y ni siquiera había disparado. Drama familiar asomando bajo la alfombra. Gilda Zárate y su hermana famosa se odian. Gilda vive en su cuchitril del centro, resentida por el éxito de su hermana. Ninguna foto de mujeres sobre los muebles, ni en la pared. Veo en cambio dioses cubanos o brasileños, colgajos de colores… aquí hay un filón. Aunque no me lo aceptarán, seguro. Estos no quieren esa clase de chicha.

- Mis preguntas serán sencillas. No creo que se vea en la necesidad de mentir.
- ¡Oh! Descuide. Procuro no hacerlo.

Entonces sonó el teléfono. Gilda se ruborizó, farfulló algunos monosílabos y se disculpó conmigo por la interrupción. Se trataba de su novio. Más de dónde tirar, aunque no era ese mi cometido. Traté de pasar por alto todos los indicios que apuntaban hacia una historia sórdida de traición filial y fui al grano.

- ¿Cuál es su participación en la obra de Alicia Pérez Gil?

- Bueno, no soy la protagonista, claro. Alicia ha construido una obra coral. Mi capítulo habla sobre todo de una anécdota sucedida durante un viaje.

- ¿Se trata entonces de una especie de road movie literaturizada?

- No, no. Ni mucho menos. Se trata de deshacer los embrollos de mi hermana ¿sabe?

¿Es que esta mujer no tenía remedio? ¿Es que iba a volver sobre lo mismo una y otra vez? ¿Es que era Gilda Zárate la única persona que no quería hablar de su libro?

- Disculpe…

- Dígame.

- No quisiera molestarle, pero lleva usted un muerto al hombro.

Entonces lo tuve claro. Gilda Zárate, con sus brazos descarnados, su educación y sus artilugios extraños estaba loca. Una pena, porque además de loca era muy joven. Con unos kilos de más… Traté de quitármela de encima, pero no fue sencillo.

- Será una sombra.

- Es un muerto, señor. Un gorila. Creo que no le guarda rencor por lo sucedido, pero no le dejará en paz hasta que le lleve a… No sé, a casa de un tal Mario. Sí, ese Mario tiene una deuda importante

- Verá, yo tengo que hacer mi trabajo. Hay unas preguntas que… Su público quiere saber cómo… Algunos de los fans del libro me han pedido

- Sí, sí. Si yo lo entiendo. Pero no puedo, con ese gorila furioso colgado de su hombro. No me centro. Lo comprenderá usted.

- No puedo llevar un gorila ahí. Los gorilas son mucho más grandes que los chimpancés. No sé de qué me está hablando.

Pero sí lo sabía. Y en cuanto saliera de allí me iría derechito a casa de Mario. Le debo mucho a Mario, pero no cargaré con este mochuelo. Sin darme cuenta me llevé la mano al hombro izquierdo.

- No, no. Es en el otro. Le vendría bien una caricia, al pobre, pero no va a ser posible. Yo que usted iría recogiendo.

Lamentándolo mucho, debo decir que aquel fue el final de nuestra conversación. Gilda me acompañó hasta la calle y me emplazó para otro momento.


- Cuando vea usted que ya no tiene frío. Los muertos dan frío ¿sabe?Ha salido en todas las películas.


read more "Gilda Zárate: Una mujer con visión"
 
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