sábado, 20 de octubre de 2012



- ¿Por fin vas a hacer ese anuncio?

- Sí ¿es eso? ¿Qué pasa? ¿Nos suben el alquiler?

- Ni que pagaseis algo. No, no es eso.

- Max, llevamos aquí tres semanas.

- Bien, pues se acabaron las contemplaciones. El día 31 de Octubre, dentro de cuatro días, como quien dice, unos inquilinos nuevos tomarán posesión de su vivienda en el edificio.

- …

- Nada que decir, por lo que veo.

- …

- ¿Ninguna pregunta?

- ¿Les conocemos? ¿Sabemos algo de ellos?

- No, no les conocéis, pero la jefa les ha hecho una entrevista en profundidad y yo también. Se trata de una mujer. Viene de Madrid y parece sociable, aunque su manera de llegar aquí no ha sido precisamente placentera, así que quizá tarde un poco en hacer amigos. Dadle tiempo.

- No lo entiendo, Max. Perdona.

- Dime Pablo.

- O sea, éramos diez pisos, diez familias... o lo que seamos. Diez viviendas. Diez relatos ¿no? Esto era un edificio, un libro, de diez relatos.

- Efectivamente.

- Y ahora seremos 11.

- Eso es. Parece que lo has entendido perfectamente.

- Pero hay gente que ya se ha comprado el libro. Los que lo compren a partir de ahora tendrán más por menos…

- No exactamente, doctor. Pero eso lo explicaremos mañana con todo lujo de detalles.

- Vale, entonces tengo otra pregunta.

- Tú dirás.

- Puedes contarnos algo de esa mujer, de su historia.

- Por supuesto. La historia se llama Deabru. Sucede en un pueblo de la costa de Guipuzkoa, a pocos kilómetros de Zarauz. La mujer, vuestra nueva vecina, llega allí en busca de un poco de paz. No es una persona acostumbrada a pensar, ni a desvincularse del lastre que arrastra, pero está decidida a ser más feliz. Adopta el pueblo como una especie de retiro particular.

- ¿Y entonces sale el monstruo?

- No, Amparo. En este cuento no sale ningún monstruo.

- ¿Vampiros?

- Lo siento, Valeria. De momento seguís solos. Ya hay tres historias de vampiros en El Espejo.

- Había que intentarlo.

- ¿Zombies?

- Nada de zombies. Eso ya no está de moda.

- Pues el terror sicológico no es el fuerte de la jefa.

- Bueno, eso es una opinión.

- Venga, Max, danos algo más. No puedes dejarnos así. Además, noto unos ojos en la espalda. Alguien de fuera está leyendo esto. Se merecen un poco de carne.

- El pueblo está maldito. Es lo único que puedo decir.

- ¡Guau! ¿Una maldición?

- ¿Nos tomas el pelo?

- Hay miles de relatos de maldiciones. Qué estafa.

- Tened fe.

- El 31 ¿no?

- Sí, en Amazon, donde siempre. Justo ahí arriba está la pestaña de la tienda. Y si no, esos que nos observan pueden hacer click aquí mismo.

- Una maldición…




read more "Reunión de vecinos: Orden del día (2)"

lunes, 15 de octubre de 2012





- Señoras, señores. Les pido silencio. Como apreciarán, mi garganta no está en sus mejores momentos.

- Ni tu ropa, Maxy.

- Ni tu cara, tío.

- Por favor. A mí me apetece tan poco como a vosotros estar aquí, pero todos sabíamos que había unas reglas cuando aceptamos el trabajo y el sueldo.

- ¿Sueldo? No me hagas reír. Con lo que nos paga no alcanza ni para una soga.

- Anda, anda, Tortuga, no te hace falta ahorcarte. Esa labor ya la tienes hecha. Los demás, nada de risas, ni de parloteo, cuanto antes empecemos, antes terminaremos.

- Pues empieza de una vez. No he visto tantos preliminares ni en una telefilm de sobremesa.
- De acuerdo, de acuerdo. El primer punto del orden del día, y también me gustaría saltármelo, es repasar las normas de convivencia. Estos días ha estado llegando gente nueva al edificio y han surgido algunos malos entendidos.

- De eso nada. El tío de la trompeta no nos deja dormir.

- ¡Es verdad! Y esa niña, la recién llegada de las coletas se pasea medio desnuda a cualquier hora.

- Ellos también tienen sus quejas. Alguien ha cortado a tiras todos los vestidos de la reina del Glam… No recuerdo su nombre, han sido muchas incorporaciones en poco tiempo. Y un hombre ha estado mandando anónimos a la señorita rompecorazones. Así que nada de echarles la culpa a ellos de todo lo malo. Aquí hay para todos.

- ¿Sabe algo de esto la jefa?

- No, está en la inopia ¿Por qué crees que tengo que leeros esto en voz alta?

- ¡Sin numeritos, Max! Con que lo pegaras en una pared valdría. Todos los presentes saben leer.

- Lleva colocado en el tablón de anuncios desde que os mudasteis y no le habéis hecho maldito el caso, así que a callar y tomad nota. El que incumpla el reglamento tendrá problemas ¿estamos? ¿sí? Bien, pues allá va:

En primer lugar, la finca El Espejo estará habitada únicamente por los titulares de uno o varios relatos cortos de los aparecidos en la antología “Inquilinos del espejo”, publicada el día tres de julio de 2012 en Amazon. Esto quiere decir que habrá una única vivienda habilitada para todos los actores del mismo relato. Como sabéis, cada vivienda está perfectamente acondicionada para cobijar a una o varias familias, así como a personas solas y mascotas.

No se admitirá que los inquilinos de ninguna de las viviendas se trasladen a otra. Ni siquiera con el consentimiento de los ocupantes de la segunda. Por motivos de seguridad, coherencia y verosimilitud, cada vivienda constituye un ecosistema estanco.

Sin embargo, los inquilinos pueden hacer libre uso de los espacios comunes: la piscina, el solárium, el cuarto de lavar, la terraza y las canchas de baloncesto. La casera se reserva el uso exclusivo del cuarto de calderas, que espera poder ceder a un invitado de honor y antiguo amigo de la familia apellidado Krueger.

Todos los inquilinos tienen los mismos derechos y obligaciones, que se derivan directamente de su naturaleza individual y de las circunstancias de su nacimiento y desarrollo; es decir, harán o dejarán de hacer según lo que digan sus respectivos relatos.

- ¡No es justo!

- No, no es justo: en la puerta de al lado vive un matrimonio que tiene la misma discusión noche tras noche.

- Yo oigo disparos y gritos lastimeros ¡Estoy harta!

- O sea, que no podemos hacer callar al tío nuevo de la trompeta ¿no?

- No, no podéis. Cada uno tiene bastante con lo suyo. Intentad dejaros en paz los unos a los otros.

- Pero las personas que han estado llegando…

- ¿Si, Malcom?

- De momento se alojan en las carpas que habéis montado en el patio trasero. No tienen un piso asignado.

- No, de momento no.

- Así que si alguno de ellos me persigue recitando versos absurdos o contoneándose como una imbécil, le puedo dar un soberano bofetón.

- Yo no lo haría.

- Tú no tienes que cargar con ellos. Además ¿Por qué no?

- Bien, ese es el segundo punto del orden del día.
read more "Reunión de vecinos: Orden del día (1)"

sábado, 6 de octubre de 2012





Me he levantado con la corbata puesta, lo que es una suerte, porque no creo que hubiera sido capaz de anudármela. La luz que se colaba por las rendijas de la persiana me hizo tanta gracia como descubrir, una mañana de resaca, que alguien te dio una patada en los huevos la noche anterior. Al rascármelos he constatado que los míos permanecían intactos. Aún así, la claridad me ha hecho polvo. Además, esas maderas carcomidas que siempre están bajadas no cumplen ninguna de sus funciones: ni me mantienen a oscuras ni evitan que se cuele el frío. Y ni siquiera recuerdo cómo se rompió el cristal. Con un poco de suerte una de las chicas le lanzaría un zapato barato en algún momento de pasión.

En corbata y mangas de camisa, con el pantalón más arrugado que un billete de dólar encontrado en el suelo de un bar de striptease y justo este día por delante. Ojalá fuera lunes. Los lunes el espejo está tranquilo. Será porque los lectores de la jefa leen más de camino al trabajo que tirados en sus sofás los días de descanso.

Hoy es sábado en nuestro bonito edificio. Es sábado y tenemos reunión de arrendatarios. La arrendadora ha dejado un mensaje en el contestador de la oficina ¿Qué por qué lo sé si no me he movido aún de la cama? Duermo aquí, en el sofá de la esquina. Tengo el timbre del teléfono incrustado en el cerebro y su voz melosa de cobarde se me ha pegado al paladar como miel agusanada.

- Max, cariño, abre esos ojos de una vez y reúne a los inquilinos. Ya es hora de avisarles. Y recuerda que el contrato lo redactó tu amigo el abogado, así que échale a él la culpa. Yo no habría garantizado tantas zarandajas. Ahora las notificaciones son cosa tuya.

- ¡Señorita del Leal! Dígale a su abuela que la reunión es dentro de diez minutos. Abajo, en la piscina.

- La abuela no está.

- Venga ya, niña. Esa mujer no ha salido de casa desde que os instalasteis.

- Pues ahora sí. Ha ido a comprarme el vestido de la comunión.

- Ya, y tu padre es marino y te felicita los cumpleaños con mensajes enviados en botellas. Ya nos conocemos, guapa. Déjate de milongas y baja con tu abuela. Es importante.

- Déjala. La abuela ya sabe que tiene que bajar.

- ¿Y tú qué?

- No puedo, Max. Esta tarde salgo. Tengo que arreglarme. Además… Ya se lo que vas a anunciarnos.

- Eres preciosa, Gilda, pero tienes que ir.  La jefa manda.

- Vas a decirnos que el día 31…

- Calla, calla. Las paredes oyen, ya lo sabes.

- ¿Y qué mas da que se enteren por mí o por ti?

- ¿Me lo preguntas en serio? Disculpa la pose, cielo. Me apoyo en el quicio para no caerme. Aunque hay que reconocer que me sienta bien ¿eh? Si sueltas una noticia de este calibre entre esta gente, aquí se monta la de Dios. Ya están bastante calentitos con la aparición de  los nuevos.

- Lo que tú digas, pero tengo que salir.

- Haz una cosa, por mí. Ya sabes, por lo nuestro.

- Nunca ha habido nada “nuestro”, Maxwell.

- Pero te habría encantado… ¿lo ves? Estás sonriendo.

- ¿Qué quieres que haga?

- Tráete a Ramiro. No será una reunión larga.

- Me lo pensaré.

- No te lo pienses mucho, te saldrán arrugas.

- Eso no es nada cortés. Mira a nuestra izquierda. Te espera la pollera.
- Yo te esperaré a ti, ya lo sabes.

- No se puede ser tan pelota, señor encargado. Las vecinas ya no te toman en serio.

- ¿Cómo a ti, Laurita?

- Yo no necesito que me respeten.

- Tampoco yo. Me conformo con que me metan mano de vez en cuando.

- ¿Sabes? Uno de estos días te voy a llevar a un parque de atracciones. Necesitas divertirte.

- Por supuesto. Iremos con tu abuelo, tendré un accidente y tú…

- Sí, lo que sea. El abuelo, mamá y yo bajaremos en un rato. No te preocupes.


Y aún me quedan siete puertas más. En serio, si tengo que mantener dos conversaciones más, me pegaré un tiro. No es que eso sirva de mucho en este lado del espejo, pero sería una distracción. Bien pensado, me vuelvo a la oficina, le doy un beso al cuello de la botella y sigo. La jefa dijo que me encargase, pero no que debía estar sobrio.
read more "Junta de vecinos"
 
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