viernes, 22 de febrero de 2013








Ilustración de Helena García


LA PUERTA

Las puertas no solo te llevan de una habitación a otra, de un sitio hacia otro si no también, pueden hacerlo, si tú eliges o te eligen ellas a ti, a otros mundos.

La raedura, el ser amorfo, donde reside aquella oscuridad que no deseas contemplar, también tiene ventanas; y a veces, por ellas, se cuela la fetidez que mora en ese mundo. No solo es una fetidez física si no también psíquica. Recordáis esa sensación que tenéis al entrar en un edificio, ese malestar, eso, lo produce la raedura. Y si nosotros podemos sentirla de este lado, porque creéis que los otros no pueden. La bruja piruja, el coco, el hombre del saco, habitantes todos de La Raedura. Ella vive, nace detrás de esa puerta…

Y esa puerta es la que todos nos construimos para encerrar en aquella habitación, todo lo que no queremos saber más de ello.

Imaginad conmigo, dentro de vosotros, una enorme puerta semejante a aquellas de los castillos. De enormes láminas de madera recién cortada, con goznes de plata o clavos de oro. Imaginad que en la habitación que custodia, introducís todo aquello que no queréis saber: cuando os rompieron el corazón por primera vez, el día que se murió aquella persona que amabais mucho o simplemente todo el rencor y odio que no deseáis tener en vuestra vida.

Y llega el momento de olvidarse de esa habitación, pero más aún, olvidaros de la puerta. Sin quererlo, pues así es el ser humano, se olvida hasta de que creamos la puerta. Y ella por supuesto, con el tiempo, después de descuidarla se aja, la madera se comba, se oscurece, pierde todo el color, el dorado se desluce, los goznes se ensucian o por la madera húmeda, empiezan a correr gusanos y el musgo, a invadir todo entre territorios de óxido.

Pero hay algo que no sabemos.

Detrás de esa puerta, en la habitación que hemos olvidado ha nacido algo. Mejor dicho ha venido algo. Todo lo que hemos guardado ahí ha traído a la raedura, pues lo que en esa habitación permanece es su alimento. Y creedme, la sentiréis. Como os corroe por dentro. Va comiéndose aquello que no queréis, pero más aún, ella crecerá y deseará salir. Atravesando esa puerta cada vez más olvidaba y por ende más descuidada. Y cuando lo haga, lo comprobareis. Os sentiréis como si perdierais algo, y al principio no será nada, pero al final cuando la raedura este en este mundo la sentiréis, sintiendo a otras. 

¿Recordáis esas sensaciones de ver por el rabillo del ojo, algo que no está ahí pero si está? Así es como se puede ver a la raedura, porque ella es tanto monstruo como mundo. Una dimensión de caos y muerte. Pero se pueden diferenciar, a veces. La raedura, es el monstruo, la llave para abrir un agujero en nosotros, en nuestra realidad y dejar paso a los zarcillos de La Raedura, un mundo donde el dolor es como el respirar. 

Para ella su permanencia en este mundo es por medio de nuestras emociones, la podréis ver, pero sobre todo sentir, cuando la raedura ha salido de vosotros o de alguien. Cuando esa puerta la ha traspasado y su masa amorfa está en este mundo. Se la puede ver como un televisor mal sintonizado, al principio solo la vemos por el rabillo del ojo pero, mientras aún, sigue consiguiendo poder de nosotros, ella va tomando forma monstruosa: pasa de convertirse en un fantasma, a una sombra desenfocada, con el mal sintonizado todavía, pero va tomando forma de su poseído. Hasta que al final lo fagocita, y se convierte en una sombra malvada de él. Pero antes de completarse, para poder subsistir en este mundo abre una brecha, una vagina en nuestro plano, hacia La Raedura, sé que no lo comprenderíais porque yo aún no lo comprendo es algo que un ser humano sólo puede sentir.

Y todo esto lo sé, me podéis creer o no creer. Pero ahora mismo, mientras termino de escribir esto, la siento como gime en aquel rincón. Anoche mientras dormía ella salió de mí, como un hijo nonato y se ancló en la esquina, rompió mi puerta y ahora desde ahí esa cosa esta chupándome la poca vida que me queda. Me cuesta mover los dedos sobre la dureza de las teclas de la vieja máquina de escribir, mientras pensaba que hacer he sentido como me hablaba tenía mi voz pero estaba distorsionada, ahora sé que también hablan al final, como si miles de insectos se movieran. Creo que si miro a la pared podré ver los zarcillos que salen por la grieta y, no me gusta el mundo que puede haber ahí dentro. Al menos tengo fuerzas y sé que si me pegó un tiro puede que esto acabe. 

No quiero que use mi piel como si fuera su disfraz.

Atentamente: 

Un loco.




William E. Fleming


William E. Fleming A Fucking Writer

Microclimas Parte I La Puerta Tetralogía en Primer Acto

Desde el abismo de mi mente


Y si puede ser la página de autor de Amazon.

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jueves, 14 de febrero de 2013





III
     Nunca antes había reparado en el peso de una voz —¿existía alguna forma para calcular su gramaje? ¿Onza, quintal…? — hasta que, acomodado en el asiento del coche que me llevaba de vuelta al hogar, me rendí ante la poderosa sensación de «no presencia» que imperaba a mi alrededor. El grito había desaparecido para siempre, arrancado de mi persona como un miembro gangrenado al que hubiesen tenido que amputar, pero dejando tras de sí un vacío que se convertía precisamente en la prueba definitiva de su existencia. Observando su ausencia, tan inmensurable como anteriormente lo había sido su presencia, no pude dejar de sonreír. De este modo, con una sensación de ligereza ya olvidada, reposé la cabeza en el asiento y me permití una breve aunque gratificante reflexión, dedicada, como no podía ser de otro modo, al que había sido mi enemigo, ahora derrotado: «Adiós, pájaro de mal agüero, búscate a un casero menos afortunado, que éste tiene aún mucho por lo que reír».

     Horas después me había olvidado de él completamente, abordado por un millar de pensamientos alegres, que iban ganando en fuerza conforme me acercaba a mi destino. ¿Cómo pensar en gritos, con el familiar contorno de la ciudad que me vio nacer recortándose en el horizonte? ¿Cómo cederles el espacio que por derecho natural corresponde al entusiasmo? Cuando viajaba sobre el irregular pavimento de la calle en la que vivía, mi corazón era ya un saco lleno de grillos, que me obligaba a sacar la cabeza por la ventana del carruaje y esforzarme en distinguir las tejas desvencijadas de mi hogar. Finalmente, nada más detenerse el coche, salté raudo hacia la familiar arcada que daba al patio interior y subí las escaleras con una sola idea en mente: abrazar a Regina y compartir con ella las noticias acerca de nuestra nueva situación. Henchido de felicidad me anticipaba a los hechos, imaginando su hermoso rostro, sonriendo orgulloso, al saber que gracias a mis esfuerzos nuestro hijo no conocería los avatares de un techo roto. Merced a la influencia de tales pensamientos, la austeridad que encontré al abrir la puerta me pareció tolerable por primera vez en mucho tiempo. Los muebles desvencijados y las paredes desconchadas por la humedad habían dejado de ser horribles, convirtiéndose sólo en un mal pasajero. Lo único importante era reunirme con ella. Caminé hacia su habitación sin poder reprimir la alegría que me embargaba: «¡Regina! ¡Regina! ¡Ya estoy en casa!». Pero al alcanzar el umbral me detuve en seco. Un adusto caballero salía de ella en ese instante con un maletín de medicina. Al verme inclinó la cabeza en señal de respeto, gesto que oprimió mi corazón de instintiva y terrible anticipación. Sus labios se movieron lentamente, emitiendo unos sonidos que me negué a escuchar —¡hay voces, señores míos, que deberían estar prohibidas!—, y que no hallaron respuesta de los míos. Por todo, le devolví el saludo, casi reflejando indiferencia, y me adentré en la habitación, donde encontré a algunos de nuestros vecinos, murmurando en la penumbra. Giraron sus cabezas hacia mí, pero no dijeron nada. Yo tampoco dije nada. Caminé entre los platos que había repartidos por el suelo, dispuestos como recipientes para el agua de las goteras. Ni siquiera me paré a observar el agujereado techo; bastaba con sentir las corrientes de aire helado que este escupía, para comprobar que su estado  se había deteriorado últimamente. Pero una vez más preferí ignorarlo. Las cosas cambiarían, convertiría hasta el último rincón de aquel mísero lugar en un hogar feliz, que atrajese todas las risas del mundo. Sólo tenía que reunirme con ella. Sólo eso. Me acerqué a los pies de la cama y la observé: alguien había cubierto su cuerpo con una manta, dejando a la vista únicamente un mechón de cabello derramado sobre la almohada. Su quietud me abrumó, así como los contornos de su vientre bajo la manta. Una de las vecinas se me acercó. Era una mujer de edad avanzada que estuvo presente el día de nuestra boda, pero cuyo nombre era incapaz de recordar en aquel instante.

     —Es una pena que no llegase antes —dijo esta, colocando su mano huesuda en mi hombro—. La fiebre no esperó, y sabe Dios que a ella le hubiese gustado tener tiempo de despedirse. Lo siento. Todos lo sentimos.

Rafael Lindem
     Se retiró de nuevo a las sombras, con el resto de la dolorida congregación que comenzaba a abandonar la habitación sin dejar de murmurar. Querían dejarme a solas con mi dolor; con mi miseria. Me sentí desfallecer. Las piernas empezaron a temblarme, sometidas por una fuerza incontrolable que crecía en mi pecho, extendiéndose a cada extremidad; el dolor se abría camino, como la sangre en las venas, como una verdad absoluta. Los ojos se me anegaron de lágrimas, al tiempo que mi garganta se distendía, dando paso a la rabia y al dolor que luchaban salvajemente por salir. Les abrí las puertas, quise vomitarlos, gritar con todas mis fuerzas, pero… no fui capaz; aquel grito ya no me pertenecía.



read more "¿Quién puede quererte? Tercera parte"

jueves, 7 de febrero de 2013





 De vuelta al interior del carruaje, y a la zaga del sexteto de mulos que hollaba ya el camino bajo la fusta del cochero, mi cabeza se vació de excentricidades y misterios por resolver, cayendo nuevamente en ese solaz venturoso que nos envuelve cuando, tras una larga ausencia, nos sabemos en el camino que habrá de llevarnos de regreso al hogar y al encuentro de nuestros seres más queridos. Poco a poco, con el paso de las horas y mientras observaba el monótono paisaje desde la ventanilla, fui sintiendo el peso del cansancio hundiéndome cada vez más en el asiento, reclamando las horas que no le pude dedicar la pasada noche e incrementando el peso de mis párpados, que pasaron de pestañear distraídamente a cerrarse a cal y canto. Al momento mis labios debieron curvarse en una acusada sonrisa, pues las ruedas del carruaje comenzaron a traquetear por el familiar empedrado de una calle no menos familiar. Por la ventanilla aparecieron los sucios muros del barrio donde se levantaba nuestro modesto hogar. Sabía que estaba soñando, pero mi corazón se desbocó igualmente conforme nos acercábamos al viejo edificio con el tejado roto y la arcada del patio interior donde días antes me había despedido de mi amada. Alcé la mirada y observé la tenue luz en el piso de arriba: Regina estaba allí. Volaría escaleras arriba y me reuniría con ella, y con nuestro futuro hijo. ¡Aguarda, Regina! ¡Ya casi he llegado a casa! El coche se detuvo, pero cuando llevé mi mano a la puerta con intención de abrirla y saltar fuera, un terrible grito me hizo abrir los ojos y enfrentarme de nuevo al páramo silencioso y carente de vida que discurría lentamente ante la ventanilla. Tardé algún tiempo en reaccionar: «¡Otra vez ese grito!». Miré de un lado a otro, buscando infructuosamente el origen de aquella voz atormentada que creía haber dejado en la habitación del hostal junto al colchón cuajado de chinches, pero que debía haberme seguido hasta el interior del carruaje, acompañándome durante todo el trayecto. ¿Era esto posible? ¿Podía un grito albergar la capacidad de seguir los pasos de alguien y convertirse en su sombra? Aturdido me pregunté si no estaría perdiendo la razón, justo cuando el mismo grito regresó con una nitidez escalofriante, haciendo innecesaria la pregunta. El extraño polizón se encontraba allí mismo, a mi lado, invisible tras el traqueteo del carruaje y los gritos del cochero en el pescante, tras el viento del páramo, tras mi agitada respiración, preparándose para emerger de nuevo en cualquier momento, desafiando toda lógica. Pensar en ello me produjo un molesto desasosiego; la sensación de estar perdiendo todo contacto con la realidad, y de ser yo, hasta cierto punto, el único culpable de este proceso. No lo permitiría. Haciendo acopio de todo el ánimo que fui capaz de reunir, soporté el resto del viaje con la firme convicción de desdeñar cualquier nueva manifestación de la fantasmal voz —«si la ignoras desaparecerá»—, pero esta, he de decir, distó mucho de saltar por la ventana y perderse en el páramo tras un nuevo compañero de viaje. Al menos en cuatro ocasiones volví a sentirla a mi lado, expresando aquel mismo dolor desmedido que me erizara la piel en la cama del hostal.

     Para cuando el cochero creyó oportuno detenerse en un pequeño pueblo y dar descanso a los mulos, bajé del coche plenamente convencido de que tenía un gran problema, y que no podía retrasar por más tiempo la búsqueda de una solución. Pero no la buscaría en el incrédulo cochero, ni en las mesas de la taberna a donde éste se encaminó tras refrescar a los mulos y darles de comer; mi necesidad me llevó a adentrarme por las estrechas calles del pueblo, preguntando aquí y allá por la localización exacta de algún médico o sanador que pudiese ayudarme. Mientras tanto, iba buscando las palabras adecuadas para, llegado el momento, exponer mi problema sin parecer un loco o alguien a quien no tomarse excesivamente en serio. Podrán hacerse por tanto una idea de lo sorprendido que quedé cuando, de pie ante la entrada de la modesta farmacia a la que mis pesquisas me habían terminado llevando, leí inscrito en la puerta:

“BOTICARIO
MÉDICO
Y PASTOR DE VOCES”

II
     —Se lo garantizo caballero, no hay la menor señal de enfermedad. Tampoco encontré rastros de agotamiento o excitación nerviosa. Se puede decir que está totalmente sano.

     Quien así hablaba era un hombre de mediana edad, hundido en los pliegues sobresalientes de una vieja levita mucho mayor que él, y al que se le adivinaba un profundo conocimiento práctico en todo aquello que hacía o decía. Sus ojos, redondos y llenos de vida, me habían escudriñado durante el laborioso proceso de diagnóstico al que fui sometido: al colocar el frío estetoscopio sobre mi pecho; al golpear mi pobre rodilla repetidas veces con su martillo de reflejos; al leer tras una gruesa lupa el lenguaje silente de mis asustados ojos; así como al desplegar toda una metodología de lo más extraña que llegó a hacerme sentir ridículo y víctima de alguna pesada broma. Pero aquel hombre no sonreía; pensativo, se acarició el cabello rizado y canoso, antes de dirigirse a la mesa de la consulta y abrir un pesado libro que había sobre esta. 

     —No, ese síntoma que menciona, esa voz de hombre que solo puede oír usted, se debe a otra causa —dijo mientras ojeaba absorto las páginas amarillentas y desgastadas del libro—. Hace algún tiempo que no veo algo igual, aunque, para su tranquilidad, le diré que ha ido a parar a las manos adecuadas para un caso como el suyo.

     Tumbado en el diván, me dejé estremecer ante el millar de posibilidades que encerraba aquel «…un caso como el suyo».

     —Entonces he debido perder la razón —respondí nerviosamente—, o el mismísimo demonio me ha echado el ojo.

     El hombre cerró el libro, negando con la cabeza.

     —Tampoco está loco, y el maligno no tiene cabida en mi método. No, señor mío, usted padece de algo que los pastores de voces convenimos en llamar orphanósfono o huésped del oído; un mal poco común y de lo más desconcertante. Básicamente no es muy distinto de ese otro problema que convierte los conventos de este país en casas de acogida para cientos de niños abandonados. Ese grito que menciona, al igual que los huérfanos, busca el calor de un hogar, un dueño, alguien de quien formar parte, y usted se ha convertido en su objetivo.

     —¡Pero yo no necesito ningún grito! —protesté indignado ante aquella idea, tan fantástica como injusta, de adopción involuntaria—. ¿Por qué iba a querer un grito tan horrible como ese? Míreme bien, caballero, ante usted tiene al mejor vendedor de Textiles Grau y asociados. Mi esposa me espera en casa, y dentro de poco seré padre; en mi vida no hay lugar para gritos.

     —Eso, señor, no le importa al orphanósfono, al igual que a la polilla le trae sin cuidado la opinión del farol cuando revolotea a su alrededor.

     Me sentí desfallecer.

     —En ese caso ayúdeme, se lo ruego, haga todo cuanto esté en su mano para apartarlo de mi lado. No puedo llevar esa… voz a mi hogar.

     —Cálmese —me recomendó amablemente—. Por ahora es fundamental que mantenga la calma; la presencia del orphanósfono puede alterar profundamente los nervios del paciente, haciendo que éste pierda el control y entorpezca el proceso de sanación. ¿Entiende lo que quiero decirle?

     Asentí con la extraña sensación de estar obligado a naturalizar lo antinatural, a convertir en convicción lo que, a todas luces, sólo podían ser preguntas y reproches: «¡oh sí, claro, mantendré la calma; después de todo sólo se trata de un extraño compañero de viaje! ¿Recuerdas cuando el Sr. Grau te contó aquella larga y fastidiosa travesía en un barco atestado de gente? Esto sólo es un poco diferente». Comprendiendo el esfuerzo que estaba realizando por comprender la situación, el boticario se me acercó y colocó su mano sobre la mía en un gesto tranquilizador.

     —Muy bien. Ya le he dicho que se encuentra en las mejores manos posibles. Mi padre fue pastor de voces antes que yo, así como su padre y el padre de este; sé todo lo que hay que saber al respecto. A lo largo de mi vida me he enfrentado a risas, suspiros e incluso canturreos, y también a algún que otro grito, cada vez más abundantes en estos tiempos que corren.

     —¿Y cómo piensa ayudarme?

     Pero la respuesta a esta pregunta no me fue dada en ese instante, sino durante los cinco largos y fatigosos días que pase encerrado en aquella botica. El pastor —como le gustaba ser llamado—, entregado a unos métodos de trabajo tan extraordinarios como el problema que pretendía resolver, demandó desde el principio la mayor intimidad, evitando toda interferencia del exterior en el proceso. Siguiendo sus consejos, pagué los honorarios del cochero y prescindí de sus servicios hasta nueva orden; también envié una carta a mi amada, advirtiéndola del retraso que sufriría mi llegada y apelando a su paciencia. Por lo demás, el exterior dejó de existir para mí, pasando a vivir entre alambiques, retortas burbujeantes y libros que habrían levantado fácilmente las sospechas del Santo Oficio, y todo ello siempre bajo la tenue luz de algunas lámparas de aceite dispuestas alrededor del recinto, cerrado totalmente a la luz del sol. Allí, en la penumbra, sólo quedamos el orphanósfono, el pastor, y yo.

     El primer día lo pasé respondiendo a las preguntas que me hacía el pastor, mientras era abordado una y otra vez por el horrible grito, cada vez más persistente en sus manifestaciones. Estas preguntas pretendían dibujar un perfil aproximado del orphanósfono, siendo indispensable para tal fin que me mantuviese lo más sereno y ecuánime posible. Con gran esfuerzo, fui contestando: «Su intensidad es fuerte, y dura unos pocos segundos». «Es la voz de alguien más o menos de mi edad, quizá algo mayor, aunque no puedo asegurarlo». «¿Cómo saber qué acento tiene un grito?». «No, no es terror; es producto de la desesperación, un grito de dolor como jamás he oído antes»… El pastor, sentado en el escritorio, iba anotando en un papel cada una de mis respuestas, cotejándolas cuidadosamente con el interior de un enorme libro que rezaba en su portada: Voxis compendĭum, y que no cerró hasta altas horas de la madrugada, momento en que señaló el lugar donde dormiría y me dio un par de tapones para los oídos.

     —Son de cera —dijo—, ungida en un aceite jurdano que atenuará su percepción del  huésped y le permitirá conciliar el sueño. Mientras tanto procure llenar la mente con imágenes alegres de su hogar y su esposa; utilice la imaginación para levantar escenarios donde no tenga cabida ningún grito.

     Esto último no entrañó ninguna dificultad para mí; deseoso como estaba de regresar al hogar y estrechar a Regina entre mis brazos, mi mayor consuelo fue llenar la cabeza con imágenes del que sería mi retorno, libre al fin del extraño acompañante que me había tocado en suerte, y que no abandonó su empeño de hacerse notar, aunque atenuado esta vez por la cera y las milagrosas propiedades del aceite Jurdano. A la mañana siguiente di cuenta de un sencillo desayuno, compuesto por una cebolla cocida y una infusión de laurel, dieta esta que se convirtió también en almuerzo y cena hasta que el tratamiento hubo concluido, y que el pastor justificó como una herramienta más para conseguir nuestros fines. Del mismo modo, fueron también tachadas de valiosísimas las cucharadas de ajo picado que me fueron administradas cada pocas horas, así como un ungüento granuloso –sospecho que también de ajo– que debía aplicarme concienzudamente en cada oreja y que, según me fue dicho, haría de mis pabellones auditivos un lugar poco grato para el orphanósfono, obligándole a buscar refugios más agradables. Sin embargo, la tozudez de una voz, por naturaleza poco dada a escuchar y a la reciprocidad del dialogo, dejó bien claro desde el primer momento que harían falta mucho más que cebollas cocidas y ungüentos de ajo para ganar la batalla.      Sabiéndolo de antemano, el pastor ya había preparado su particular instrumental de trabajo, consistente en una campana de cristal que me fue colocada sobre los hombros a modo de bacinete, cubriéndome totalmente la cabeza, y una suerte de flauta, conectada a la campana mediante un largo y flexible tubo que haría llegar al interior de esta los sonidos que mi sanador tuviese a bien componer. Encerrado en aquel recipiente de cristal, observé al pastor tomar asiento ante mí, revisar cuidadosamente el instrumento entre las manos y llevarse luego su extremo a la boca: inmediatamente el receptáculo se llenó con una hermosa melodía que ahuyentó cualquier sensación desagradable que pudiera derivarse de la reclusión entre aquellas paredes transparentes; un conjunto de sonidos que sólo podían llamar a la calma y a la felicidad de un espíritu en paz con el mundo y con las resoluciones del destino. Sonreí de forma involuntaria, regresando con el recuerdo a nuestro hogar y a la compañía de Regina. Mi sonrisa creció, mientras la melodía fluía ininterrumpidamente, evocando imágenes de ella y de mi hijo, aún por nacer. Al mismo tiempo sentía al orphanósfono, debatiéndose entre las notas de la melodía, lanzándose una y otra vez contra mi oído, cada vez con más fuerza. Pero el pastor había convertido el escaso aire del bacinete en un país extranjero para cualquier voz que no cantase o riese de alegría, y esto terminó repercutiendo en la tenacidad de sus ataques. Al acabar el día, apenas se hacía oír. La estrategia se repitió durante tres jornadas, acompañada de la dieta ya mencionada y las unturas de ajo para el oído, que contribuyeron a la debilitación paulatina del huésped, hasta que al quinto día se procedió a su expulsión definitiva. Para tal efecto, el pastor realizó un último cambio en el procedimiento. Hasta ese momento, la amable melodía había continuado asfixiando el habitad del grito, convirtiendo su presencia en algo totalmente fuera de lugar. Allí, entre las imágenes que evocaba la música, su presencia desentonaba como un «hola» cuando hay que decir «adiós», menoscabando cualquier sentido que pudiera tener su existencia y condenándolo al ostracismo de lo prescindible. «Aquí no hay sitio para ti», decía la música a una voz cada vez más desplazada, empeñada en hacerse oír bajo capas y capas de felicidad, «vete, márchate, ¿quién puede quererte?». Entonces, en un último e inesperado giro, el pastor cambió la entonación de la partitura, transformándola en un vertiginoso torrente de energía furiosa. Las notas, antes suaves y amigables, comenzaron a rebotar contra el cristal del bacinete como el plomo de un reñido tiroteo, tiñéndose poco a poco de cierto componente trágico; una entonación cargada de un dolor y una tristeza enormes que parecían no tener fin. «Ven ahora conmigo», decía aquella nueva melodía, «conmigo estarás bien. Ambos hablamos el mismo idioma». Y el orphanósfono, creciéndose de nuevo al encontrar una compañera de correrías, llenó la burbuja de cristal con toda su furia y dolor, haciéndome temblar. Pero el pastor ya había puesto en marcha su trampa: los dedos de este iniciaron un suave retroceso sobre los agujeros de la flauta, invirtiendo las notas de la melodía y haciendo que esta fuese hacia atrás. Lentamente, la música desapareció por el tubo del bacinete, regresando al instrumento del pastor y dando paso a un silencio libre de impurezas donde, por primera vez en días, me sentí libre del pernicioso grito. ¿A dónde había ido? ¿Seguiría allí, escondido en alguna parte, o había sido absorbido también con la fatal partitura? Tras un instante de indecisión, la sonrisa del pastor arrojó algo de luz sobre este punto, antes de que retirase la cubierta de cristal y me dijera, con un apretón de manos:

     —Enhorabuena, señor, el tratamiento ha sido un éxito. Puede usted volver a su hogar cuando guste.
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martes, 5 de febrero de 2013




Cuando aquella lejana noche de noviembre descendí del carruaje lo hice como un hombre de éxito, con el corazón henchido de amor propio. Y lo cierto es que no me faltaban motivos para sentir esto: ¿o acaso es fácil vender telas de Castilla en un país lleno de estómagos vacíos? Sólo mi extraordinaria habilidad como vendedor lo hacía posible, y disponer de esta certeza allanaba significativamente los muchos planes de futuro que pululaban por mi cabeza en aquel instante. Despedí al cochero hasta el día siguiente con una generosa propina —suficiente para una sopa caliente y para el heno de los seis mulos que tiraban del coche— y subí las escaleras del hostal con la mano puesta en la bolsa preñada de reales que me colgaba del cinturón. Una sonrisa surcaba mi rostro: sí, lo había vendido todo, hasta el último retal; nadie podía negarme ese triunfo. Regresaría al hogar con dinero suficiente para reparar las dichosas tejas que dejaban pasar la lluvia en otoño, y sobre todo para comprarle a mi esposa, Regina, aquel precioso colgante bañado en oro blanco que debió sellar nuestro día de bodas, si la precaria situación económica que atravesábamos por entonces no lo hubiese impedido. Pero ahora el panorama era distinto, ¡y había tanto que celebrar! La hermosa imagen de su vientre embarazado se adueñó de mis pensamientos, restando importancia a todo lo demás. ¿Qué otra cosa podía contrarrestar la fuerza de su significado? Ni siquiera la agriada expresión del hostelero, fiel exponente del profundo desencanto general que imperaba en todo el país, logró contristar el dulzor que sentía en mi interior.

     —¿Una habitación libre? —gruñó escrutando atentamente mi figura desde el mostrador—. ¿No será uno de esos mala sombra que va por ahí con un arcón a cuestas, verdad? ¡Bien!, ya veo que no trae más equipaje que lo que tiene puesto, y que no puede haber nada malo tras esa sonrisa de felicidad que le llena el rostro. Lamento ser tan cauto, pero hay que andarse con ojo estos días, ¿sabe? Sobre todo con esos malditos arcones que todo el mundo va dejándose olvidados por ahí, y que no pueden contener nada bueno (ni vivo).

     Tras hacerme una relación tan escueta como fría del menú que su apática esposa  podía preparar —sopa o gachas—, y que rechacé del modo más educado posible por hallarme terriblemente cansado, me extendió la llave de la habitación, murmurando un rabioso galimatías acerca del Rey Felón y los Cien Mil Hijos de San Luis, a los que acusaba de vagos y bandoleros, además de ser los causantes de la mayoría de males que asolaban el país. Luego besó la faz de uno de los escudos que le entregue como pago, añadiendo: «Y con todo, ¿a quién voy a querer más que a ti?, maldito inútil afrancesado», y me guió escaleras arriba hacia mi aposento; un espacio relativamente limpio, al menos hasta donde alcanzaba la luz del candil, donde únicamente el camastro en el que habría de descansar pedía perdón de antemano por su aspecto poco salubre, y por la virulenta fauna que, de seguro, poblaba sus raídas mantas, un perdón que, dicho sea de paso, estaba dispuesto a conceder. «Sí, el colchón está algo usado», reconoció honestamente el hostelero, «pero, ¿qué son unas pocas chinches cuando hay sueño, verdad? Ya tendrá tiempo por la mañana de recuperar la sangre perdida con un buen desayuno». Entonces, tras desearme buenas noches, se marchó de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

     El esfuerzo del viaje reclamaba descanso, y mi feliz estado de ánimo hacía posible que este pudiese disfrutarse en el más desfavorable de los escenarios, por lo que me puse cómodo al instante, deshaciéndome de la capa y las botas y deslizándome sin pensarlo sobre el lecho infecto con una sonrisa de suprema felicidad. Ni que decir tiene que los pensamientos que precedieron al sueño trataron sobre mi regreso al hogar y las recompensas que allí encontraría. Estaba seguro de que mi jefe, el Sr. Grau, valoraría justamente mis logros, otorgándome por fin el merecido ascenso que tantas veces le había pedido; en cuanto a Regina, ¡oh, mi amada Regina!, el colgante sería sólo el primero de muchos presentes. Ninguno de ellos podría recompensar la dicha de ser padre, y estaba dispuesto a convertirla en la esposa más envidiada de la ciudad. Pensando esto respiré profundamente y cerré los ojos, dejando que el silencio de la noche inundara mis oídos, hasta que caí en un profundo sueño.

     Pero no habría de despertarme el gallo aquella vez, pues pocas horas después y de manera inesperada, mis ojos se abrieron de par en par, al tiempo que me incorporaba de un salto y examinaba nerviosamente los oscuros recovecos de la habitación. Algo había roto bruscamente mi descanso: el llanto desconsolado de un hombre, una especie de lamento. Encendí la lámpara, comprobando que, salvo por mi persona, la habitación se encontraba igual de vacía que antes. No obstante, el estado de excitación en el que me hallaba me llevó a revisar los mismos rincones una y otra vez, hasta comprender, con una sensación de divertida sorpresa, lo que de absurdo tenía buscar el origen de una voz en los ángulos vacíos de una estancia tan pequeña como aquella. ¡Y sin embargo había sonado tan cerca! Pensé entonces en el viento quejumbroso, y en el rechinar de los clavos en la madera hinchada por la humedad, y decidí no dar más importancia al asunto. Pero cuando me disponía a apagar otra vez la llama del candil, toda explicación razonable se desmoronó por sí sola, pues el silencio de la noche fue roto nuevamente por el mismo fenómeno, esta vez percibido con total claridad: un grito hondo y ahogado que parecía nacer de algún punto de la misma habitación y que estrujó mi corazón al instante, por su proximidad, y por el tono grave y doliente con que fue emitido. ¿Qué podía ser aquello? ¿Podían tener cabida en su explicación, una vez más, el viento y los viejos tablones del hostal? Pero no, aquel lamento era resultado de un sentimiento y un dolor que estaban más allá de las caprichosas circunstancias de la materia muerta; nacían de un corazón vivo y profundamente desolado. Las preguntas y las respuestas se agolparon en mi aturdida cabeza, sin conseguir otra cosa que exacerbar todavía más el desconcierto que reinaba en su interior. De este modo, volví a echar la cabeza sobre la almohada y apagué la luz, permaneciendo el resto de la noche en un incómodo duermevela.

Rafael Lindem
     A la mañana siguiente aproveché el frugal desayuno para interrogar al hostelero acerca del incidente de la noche pasada, pero era éste un asunto sobre el que no parecía saber nada y que apenas sí logró despertar su interés, más allá de una breve alusión al peligroso estado de los caminos y a lo prolíficos que andaban los “gritos” por aquel entonces en materia de argumentos. «¡Diablos!», me quedé con ganas de replicar, «pues el mío debía ser el único que carecía de ellos: entró en el hostal a mitad de la noche, subió las escaleras, abrió la puerta de la habitación, se acercó a la cama y , sin motivo alguno, ¡estalló en mi oído!». Sin embargo, la prudencia evitó que siguiese dando más importancia a un asunto que, por lo extraño de su condición, no podía beneficiar en mucho a la reputación de hombre razonable y cabal que me venía definiendo hasta entonces, y a la que indudablemente me debía. Decidí por tanto olvidar todo aquello, adjudicándole el socorrido epíteto de: “todo ha sido un sueño”, y me dispuse a continuar el viaje una vez finalizado el desayuno.


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